Rumorología aplicada

Es incomprensible que en momentos de tensión y zozobra, antes que acudir a la razón se recurra al rumor como escudo y espada. Supongo que es fácil transmitir cualquier información sin sustento alguno. No deja de ser una herramienta útil –si no la única– para quien carece de cualidades ante un momento de incertidumbre. El rumor pareciera que lo ampara, incluso, lo hace ser.

Radiografía

Algunos afirman que la rumorología es ya una ciencia aplicada. Los rumorólogos por ende se conciben a sí mismos como los nuevos científicos del milenio, y sin duda han mejorado las técnicas ancestrales del rumor. Lejos de las batas blancas, elemento característico del científico tradicional, los rumorólogos modernos pasan inadvertidos. Suelen vestir como cualquier persona común y casi pasan de incógnito de no ser por la megalomanía y el ego que los descubre.

El rumorólogo piensa poseer la verdad última de las cosas, así como los secretos más recónditos del universo y de cualquier institución. Se alaba a sí mismo de ser hábil para la verborrea y de tener contactos de primer nivel en todas partes. Lo que en verdad tiene –y a duras penas– es un pequeño rumor que magnifica y hace objeto de su total atención.

Su modo de operar ha sido estudiado por los hermeneutas del rumor. Existe una mecánica establecida de acción y que inicia al momento de escuchar algo que llama su atención en gran medida porque puede ser útil para sus aspiraciones personales. El siguiente paso es contagiar en otras personas la curiosidad de lo conocido para que estos a su vez ofrezcan alguna información extra o permanezcan receptivos a cualquier dato adicional.

En pocas palabras el rumorólogo profesional se hace de un equipo de los que se servirá para la aplicación debida del rumor. Estos a su vez rinden tributo y pleitesía ya que él es la persona que “contiene la verdad última de las cosas”, y sobre todo los contactos necesarios para que algún día puedan retribuirse los servicios ofrecidos.

El rumorólogo, con cada información obtenida crece y se vanagloria del poder que cree contener. Es un beneficio para el ego cada vez más necesitado de atención. Lejos de permitirle acceder a nuevas oportunidades en la vida, en el fondo, el rumorólogo intenta llenar el vacío y tranquilizar la incertidumbre que lo aprisiona.

Virulencia del rumor

Más allá de reflexionar sobre las labores arbitrarias del rumorólogo es necesario observar que el rumor en sí se asemeja a un virus muy violento, y que su capacidad de multiplicación no necesita de ningún aliciente o guía. Difícilmente los daños ocasionados por un rumor podrán ser resarcidos, a la fecha no existe vacuna efectiva y ni siquiera con el paso del tiempo –como comúnmente se cree– se aclarará lo dicho con desdén.

El rumor desgasta a la sociedad porque interfiere con la comunicación legítima entre las personas, aquella que alude al entendimiento y la comprensión. Reconocer la actividad mezquina de los rumorólogos, pero sobre todo de los efectos devastadores de un rumor, es cortar de tajo cualquier intento para desestabilizar un núcleo social, ya que el rumor a la larga fractura y corroe cualquier grupo.

Su derivado más grave, el chisme, se convierte en un cáncer incurable.

Anuncios