Se busca una pintura

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Frente a más de una pintura he tenido la extraña sensación de no saber qué pasa. Y sin embargo, siempre siento curiosidad por esas personas que en una galería permanecen largo rato frente a cualquier cuadro, abstraídas del mundo, en la síntesis del arrobamiento. Ciertamente uno admira las pinturas murales (como las que se encuentran en el Palacio Municipal o en el Salón de la Historia) sin tanto esfuerzo intelectual, sobre todo cuando de temas históricos se trata. Pero hay cuadros que –me apena admitirlo (mea culpa)– parece que hubieran sido pintados con la intención de tomarnos el pelo.

Precisamente por eso paso de largo en las galerías. Sigue siendo un mundo extraño en la medida que el color y las formas comienzan a perder el mentado orden, convirtiéndose en trazos que pocas veces logro apreciar debido a mi irrebatible ignorancia.

Una ocasión pacté ver a una persona en el museo de arte. Mientras la esperaba, recorrí las galerías tratando de resolver esta situación incómoda (esa de sentirse idiota frente a una obra de arte). Recuerdo a un par de extranjeros que a mi lado se deshicieron en comentarios que desde luego no entendí porque no supe si eran alemanes o chipriotas, pero tardaron tanto observando aquella pintura, que tuve que saltarlos para seguir con mi recorrido. Sólo hasta que cambiaron de sala pude volver para mirar aquel cuadro obteniendo el mismo resultado de siempre.

Vencido, seguro de que Natura no había sido condescendiente conmigo, no tuve más remedio que resignarme y seguir con lo mío que, como es sabido, son las danzas polinesias y el belly dance. No imaginaba, entonces, que se aproximaba un cambio de paradigma sin precedente, una acercamiento al arte desde insospechados territorios.

Un país donde diariamente hay más de 20 ejecutados y una amenaza constante del 2% extra a los impuestos, en definitiva no deja dormir. Panorama sombrío el de cada mañana cuando al trabajo millones de personas corren con vesania y desesperación. Las ojeras, cada vez más profundas, se vuelven cicatrices del estrés, tristeza mal disimulada. Hasta que Ella, de la nada, apareció.

¿Cómo explicar el efecto conciliador de tan luminosa figura? Acudimos entonces, al oráculo de la ciencia y el arte en busca de una respuesta que apaciguara el candor insostenible de mirarla y no saber qué sucedía. Exponiendo punto por punto las premisas y argumentos, la respuesta emergió de inmediato en esa voz milenariamente grave y profunda: busca a Vermeer.

Fue así que para encontrar respuesta a este nuevo sentimiento tuve que regresar a lo que paradójicamente me hacía sentir absurdo. Abriendo los grandes tomos de la biblioteca, indagando entre apolilladas páginas y hasta en la misma internet, las pinturas de Johannes Vermeer aparecieron ante mis ojos como metáforas.

Mirar esos cuadros fue presenciar en un instante detenido el equilibrio entre luz y oscuridad. La penumbra en los lienzos de Vermeer son escenarios cuyo olor reconocemos en nuestras calurosas tardes y por lo tanto parecen convocarnos a una reconciliación plenaria con la vida y sus dualidades.

No ha cesado mi personal búsqueda de una pintura que simbolizara lo que aquella aparición significó para mis horas. Sé, sobre todo, que sólo a través de la luminosidad de un lienzo podré perpetuar lo que encontré fugaz e incandescente en ese imposible rostro.

Manuel J. Tejada Loría

Sábado 10 de octubre de 2009