La silla del Papa

Esta es una anécdota real. Sucedió un par de años atrás. Desde temprana hora partimos hacia la Ciudad de las Tres Culturas para visitar el Convento de San Francisco. En dos vehículos nos repartimos los poetas Ovidio y Juan con sus respectivas esposas, Aurelio, Lupita y Pepe. Llegamos, cabe decir, con la emoción a flor de piel. Caminamos por los pasajes observando el lugar minuciosamente, atestiguando, sobre todo, la belleza de la ciudad.

Recuerdo que Ovidio y su esposa (que venían de tan lejos) quedaron maravillados con la tradicional máquina “pela-naranjas”. Explicaba Juan: se inserta la china, se le da vueltas a la manivela, y entre giro y giro el cítrico va desollándose sin tanto esfuerzo. “Me la tengo que llevar”, dijo el poeta mayor.

Aprovechamos refrescarnos comprando un par de chinas con sal y chile. Vimos, oímos y olimos, mientras tanto, a los jamelgos trotar con sus respectivas calesas y ocupar su espacio a un costado de la plaza principal. También dimos fe de autobuses repletos de turistas que comenzaron a llegar desde las distintas entradas de la población. Izamal, pueblo mágico, con sus paredes de amarillo, redunda de luminosidad conforme el sol avanza.

Antes que la marea de visitantes inundara el sitio, decidimos ir al Convento de San Francisco.

Entre anécdotas y bromas, pronto ya estábamos al pie de la escultura de Juan Pablo II. Nuestro compañero Pepe, quizá motivado por el ateísmo recalcitrante que lo habita, o por el vedetismo provinciano que nació con él, de pronto se hincó y comenzó a avanzar hacia la escultura burlándose así del fanatismo trasnochado. Todos reímos por semejante ocurrencia, así como de unos alemanes que pasaron en ese preciso instante accionando sus cámaras ante la muestra repentina de devoción yucateca. Aunque Pepe, si no me equivoco, es de Chetumal.

Al poco rato un seminarista franciscano se ofreció como guía del recorrido. En determinado momento, después de visitar la camarilla de la Virgen de la Concepción, nos invitó a un salón donde permanecían expuestas las vestimentas, fotografías y objetos que el Papa Juan Pablo II utilizó durante su visita a Yucatán en 1993.

Respetuosos, ingresamos al improvisado museo a excepción de Pepe, quien prefirió quedarse a fumar en el balcón con la excusa de admirar el cerro que en realidad era una pirámide ancestral. Adentro, nuestro guía no atinaba a responder todas las dudas que surgían de los visitantes. Pero eso sí, al mostrarnos la silla donde ofició misa el Santo Padre, aseguró que NADIE, a excepción de Juan Pablo II, se había sentado ahí. Nadie, ni el artesano carpintero que la diseñó.

Incluso reprendió a un niño que, al escucharlo, se había acercado a la silla, más que nada a curiosear su condición de “asiento santo”. Ciertamente algunos de los paseantes muy devotos (y otras con botox) se persignaron ante el preciado objeto que no era más que una silla tapizada de riguroso blanco, bien acolchonada, y con el emblema del Vaticano tejido en el respaldo.

La visita prosiguió en el salón contiguo, y todos se marcharon a excepción mía, distraído por las fotografías de un mural que se encontraba a un lado de la silla del Papa. En una de las imágenes creí haber reconocido a una amiga izamaleña vestida con su terno regional, cuando de la nada, como convocado por presencias extrañas (si no malignas), apareció Pepe, y sin mediar palabra alguna, se dejó caer en la silla del Papa exhalando un fuerte suspiro. “¡Ah, qué flojera me da esto!”, dijo.

No tuve tiempo de advertirle nada. Miré hacia todos lados y por fortuna nadie lo había visto. Le tomé una foto y lo invité a acompañarme a seguir el recorrido. No dije nada a nadie.

¿Quién más se iba a imaginar que la santa silla estuvo ocupada, en efecto, por el Papa… y Pepe?

Pero desde entonces, me han dicho, un extraño halo luminoso acompaña las posaderas del despistado compañero.

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*Algunos nombres, por discreción, fueron cambiados.

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