Se busca un café

Punto de encuentro o desencuentro, espacio neutral para las batallas dialécticas e intestinales, o bien, para el dominó y la tertulia bonachona, pero los cafés, hasta hace algunos años concentrados en el primer cuadro de la ciudad, eran el sitio perfecto para fraguar cualquier revuelta sentimental, literaria o civil, como cuando intentamos junto con otros compañeros poetas tomar la ciudad de Mérida desde sus cuatro puntos cardinales armados sólo de poesía y uno que otro verso maldito.

Y es que los cafés (porque así les decimos a las ancestrales cafeterías) han sido parte importantísima de la vida cultural y literaria de México, como seguramente en otros sitios. Cuando el tabaco no era cosa prohibida en los espacios cerrados, cuando al café concurrían trovadores, políticos, bohemios, académicos, jubilados, estudiantes, esperpentos, y uno que otro puritano, y las grecas brotaban de las mesas, y las pequeñas cucharas golpeaban indecentes con la porcelana desaliñadas de las tazas, y el tilín tilín de una orden recién servida, ese barullo que junto al humo se mezclaba y hacía del momento un lugar privilegiado.

Se llegaba al café como quien con voluntad encara sin miedo al destino, porque después de todo, estar ahí con el trasero aplomado por horas, tenía la mejor de las intenciones. Cómo no recordar al músico de voz aguardentosa en “La Flor de santiago” que cada vez que me veía entrar al café de inmediato comenzaba a interpretar “Perfidia”, dejando el dolor en las teclas de su piano: nadie comprende lo que sufro…

Y fue ahí, precisamente, en “La Flor…”, a donde concurrimos para un primer café después de un huracán cuando ni el agua había regresado, y las tazas de café eran racionadas, grecas más bien. Había cierta complicidad con los meseros quienes sabían de nuestro oficio de incendiarios y también de nuestros bolsillos rotos. Recuerdo tanto el “Café Boston” de la 59, donde el mesero nos dejaba pan en la mesa sin registrarlo en la cuenta para evitar que el café nos hiciera un hueco en el estómago.

Era nuestro oficio arder en los cafés. Así comenzó Marsias en el restaurante del Hotel Colón de donde un día nos dijeron “sólo hay servicio para huéspedes”, que era lo mismo a decir: “por favor, si sólo tomarán café, desalojen”. Y el café “Colonial”, entonces, nos cobijó como ninguno, y hasta hoy, todavía nuestras sombras siguen pegadas en el rincón junto a la reproducción de un cuadro de Diego Rivera. Hay un mesero que todavía prende una veladora cada sábado y reza una plegaria, un padre nuestro latinoamericano.

Era el principio del fin. Estoy hablando de por lo menos cinco años atrás, cuando de pronto, infinidad de establecimientos con su letrero “café” emergieron de la nada. Y todo mundo comenzó a llenar esos lugares, supongo para platicar o enamorar, o a comer, no sé muy bien, pero algo comenzó a cambiar, una ruptura difícil de entender.

El caso es que no sé si por la nueva dinámica mercantil (o quién sabe realmente qué fue) pero de pronto ya no permitieron a los cafeteros de corazón llegar a esos espacios ahora mal llamados “cafés” sin menos de cien pesos. Entrar con un libro o un cuaderno bajo el brazo bastaba para ser condenado al desdén más visceral de cualquier mesero o, mejor dicho, de todos los gerentes, porque en estos nuevos lugares con los meseros no se cruza palabra alguna ni para pedir la orden.

Así estos días que se van… Ahora concurro una lechería por el rumbo de Santiago donde nadie me dice nada y todos me ignoran; y mientras recuerdo con el colon todas estas tropelías, doy un trago seco a mi vaso de leche entera, mientras con la mano zurda deshago un pedazo de polvorón por el coraje y pierdo incandescente las pestañas, el brazo, el alma toda, los ojos en el horizonte.