Aprendiz de viejo

141011 Aprendiz de viejoHay recuerdos que surgen en los momentos menos pensados. Por ejemplo, tengo la imagen muy presente de mi madre mezclando el agua con la leche en una taza. Y recuerdo también su voz siempre tan comprensiva diciéndome cosas que quizá no entendía bien. Era muy pequeño para comprender muchas cosas, pero esa mirada verde y sobre todo su envidiable serenidad, son recuerdos que continúan y que irremediablemente vuelven a mí en cuanto una cuchara roza el cristal evocador de una taza.

Es precisamente desde ese sitio, el de la cocina, que otro recuerdo se hilvana en mi memoria: la de mi padre marchándose todas las mañanas al trabajo. Tengo muy presente sobre todo su caminar tranquilo hacia la entrada de la casa para luego desaparecer. No es hasta hoy que comienzo a comprender la importancia y las exigencias del mundo laboral, pero en aquel entonces -y lo recuerdo bien- sentía mucha impotencia de no poder evitar que mi padre se fuera, quedándome apenas con una galleta de limón remojada en la leche triste de mi niñez.

En algún momento de nuestras vidas todo esto queda atrás. Y la edad, esta edad adulta, nos llega de un solo golpe tan artero y preciso. No obstante y pese a todo, algunos fines de semana regreso a la misma mesa de la cocina para escribir, ahí donde también algunas veces estuvieron Obdulia y Welís. La inasible diferencia es que ahora mis pies no se columpian sonámbulos en el aire. Después de todo este es el sitio que permanece incólume al deterioro, a la desazón y al olvido.

Y es también el sitio de mi silencio.

Sólo es pensarte, viejo

un poco más con el ansia de decirte

hoy no te vayas

comeremos de la sopa de los días;

 

hay una gelatina todavía

con mis dedos sucios,

y quiero darte de beber

un poco de miel con lágrimas y vino.

 

Queda una galleta escondida

en el rincón de la cocina,

queda una mujer cantando

desde la última arruga de su infancia,

 

y tú no sabes, no sabemos, viejo,

cuándo y dónde las palabras

nos formaron caries en el rostro.

 

Chilla una puerta que me niega el mundo,

crujen también el ropero y sus cajones;

vamos a buscar debajo de la escoba

para mirar si mis hermanos ya crecieron

 

o si al menos les nació del llanto una sonrisa

porque entre el polvo

se pusieron a sembrar tomates

pero brotaron sueños.

 

Hace siglos que yo sueño

que mis pantalones crecen

más allá de las rodillas,

hace inviernos que las manos tiemblan,

que el corazón me habla

y me detesta.

 

Tengo frío en el tobillo izquierdo.

Soy sólo

un aprendiz de viejo.