El ser tautológico

Acercamiento de puntillas a Se repulen

Una mentira a medias de ningún

modo es una media verdad. Cocteau

Indago los gestos. El aspecto soterrado de sus rostros. La sonrisa desdibujada o concebida acaso para burlar.

Zapateado retórico sin zapatos y uñas largas. Se dice tanto y luego nada se entiende. O se atiende a sí mismo, ensimismado, como un gato lamiéndose la cola y llenándose la lengua de aspaviento. Hay algo de onanismo mental en esa pausa, en esos puntos suspensivos de la mirada ansiosa al centro de la imagen. Tanto ningunear lo que no nos gusta. De pronto la verdad más parece veleidad que una adecuación entre una proposición y el estado de cosas que se expresa.

Más parece, dijo el pediatra epónimo Babinski, compulsión diarreica.

Si el cerebro fuera una tripa –estudio concluyente, determinante y fulminante– tanto retortijón agrava el pensamiento. Susurro, susurro y más susurro. Ya se imaginará cuánta diatriba ha de correr equidistante a la suspicacia. Aquí donde nada se sabe de cierto. Allá donde, de cierto, nada se sabe.

Miento. Algo han de saber los que piensan y se repulen. O se imagina. O se pervierte. O el prejuicio se convierte en algo monstruoso y repelente. Porque a veces sucede lo contrario y el proceso mental da un tumbo y se constriñe en absoluto. Y bueno, nada procede ni sucede. Se estriñe, decía, la tripa turbia que como turbante llevamos dentro.

La tripa turbia que como turbante tantas veces veneramos entre susurros.

Incesante, estupefacto, como mirando a través de un agujero en el aire, observo. El ser como amuleto. El ser como prenda y accesorio. La reivindicación adusta y obstinada del ser víctima de uno mismo y por ende victimario. De los miedos, necesidades e inoculadas creencias virales sólo deriva confusión.

En otras palabras: el coraje y la sobreabundancia del ser para sí y para todos en un mundo que gira –lento– para nadie.

Tan lento que la perífrasis peca de peristaltismo. Apabullante infortunio del pensamiento con sus capacidades regenerativas, duplicativas y reproductivas. Nadie parece advertir lo soez.

A la izquierda observo cómo una mirada solícita e indulgente procede. Se cura en salud ante la infamia diluyendo en su discurso gestual de resignada sumisión el cielo lúgubre que los expone.

El otro, en cambio muestra la uña que es garra, que es colmillo, que son años de cinismo y desdén. Mirando sin ver, ajeno de pupilas y razón.

Indago los gestos. El aspecto soterrado de sus rostros. La sonrisa desdibujada o concebida acaso para burlar.

Dibujo un margen y me mantengo en él.

Atónito.

Se repulen