Manuel Calero: Literatura del hallazgo

Hay un encuentro que valdría la pena rememorar. Sucede en el capítulo 31 de la novela de Miguel de Unamuno titulada “Niebla” donde de pronto, el personaje principal de esta historia, Augusto Pérez, muy agobiado por su circunstancia y sobre todo por las acciones que ha realizado a lo largo de su vida, se presenta ante el autor de la novela, es decir, ante su creador Miguel de Unamuno, para decirle, para advertirle más bien, que no tiene intenciones de seguir viviendo y que, por lo mismo, pensaba suicidarse.

Desde luego que alguien con los tamaños de Unamuno no iba a dejarse intimidar por estas cuestiones existenciales lejos de su incumbencia, pese a que Augusto Pérez era un personaje de su creación. “Pues bien, la verdad es, querido Augusto –le responde Unamuno–, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes”. (Unamuno, 2002, p.293)

Imaginemos entonces todas las posibilidades e implicaciones de este encuentro. Por un lado, el personaje de ficción enfrentando al autor y por otro, el escritor ficcionalizando su persona, haciéndose parte del relato y haciéndonos al mismo tiempo, como lectores, parte de una reflexión mayúscula: ¿en qué medida somos conscientes de nuestra libertad en el mundo? O bien, ¿en qué medida somos narrados o narramos el mundo?

Recuerdo todo esto porque en una fecha como hoy 14, pero en diciembre de 2008, apareció publicado en el suplemento cultural Unicornio del diario Por Esto! un artículo peculiar que llamó mi atención por dos razones. Primero, porque el texto hacía alusión a un artículo que publiqué en dos partes días anteriores; y segundo, (y el más importante) porque a la par de responder algunos de mis planteamientos sobre la creación fuera del yo, el texto –a la manera de Unamuno– era un encuentro entre quien suscribía el artículo y uno de sus personajes, es decir, entre Manuel Calero, el abogado y escritor, y Rosendo Mata, el también abogado, escritor, pero además, personaje de ficción.

Dije, por ejemplo, con cierto dejo de ironía que “estos tiempos narcisistas son los peores para la ecología. Miles de hojas impresas echadas al vacío y todo para satisfacer las necesidades y el ego de X o Y escritor. Es grave, no sólo por cuestiones de calentamiento global sino porque socialmente la literatura está pasando desapercibida ante discursos que en vez de atraer al lector lo alejan”.

Me refería, principalmente, a tantos escritos que diariamente se publican en la prensa cultural donde el “yo, mí, me, conmigo” de algunos autores no tienen una justificación en el texto mismo, y pareciera que utilizaran estos espacios como un escaparate para mostrar sus prodigiosas vidas. Esto lo había comprendido ciertamente Manuel Calero, pero Rosendo Mata, su personaje –como sabemos, también escritor– se había puesto el saco en una suerte de malos entendidos derivados principalmente porque el editor del suplemento había ilustrado la nota con la imagen de un “tirahule”, tema del cual Rosendo Mata había hablado en sus escritos semanas atrás.

El punto es que el personaje del Abogado Calero se negaba a seguir colaborando con él para narrar la historia de su infancia. A Rosendo Mata, ciertamente, y como había titulado su autor la nota, le había atacado el “complejo del yo-yo”.

Esto de escribir es como echar una botella al mar. Uno tiene la certeza de que algún día alguien, quién sabe quién, encontrará el mensaje. Lo que uno no imagina ni por casualidad es que al arrojar la botella también existe la posibilidad –algo así como un efecto colateral– de que la botella le caiga a alguien en la cabeza.

Aquel domingo de diciembre de 2008 (día en que se publica el artículo) me encontraba disfrutando de las bondades de mi hamaca cuando ojeando el Unicornio me encontré con el artículo de Manuel Calero, que me llegó prácticamente como un botellazo que de ningún modo podía esquivar.

Desde ese entonces (ahora lo veo como una torpeza elemental), me dediqué a buscar a Rosendo Mata. A la par de mis labores cotidianas como oficinista resignado, por las tardes comencé una indagatoria para dar con el paradero de este abogado que a sus 42 años irrumpió en el mundo de las letras.

Claro, necesitaba platicar con Rosendo acerca del tirahule, del yo, mí, me, conmigo, y de que por ningún motivo, debía abandonar a Manuel Calero porque la infancia siempre será un tema de reflexión y hallazgo, más allá del ego y cualquier megalomanía, seguro absolutamente de que la literatura no está en otra parte, sino allí donde se narra con honestidad.

Pero fue inútil. Rosendo Mata, más que un personaje era un ‘ente ficticio’, como afirmara Unamuno. Mi búsqueda, entonces, no era en los solares de un pueblo sin nombre donde más de una vez Rosendo, disfrazado de piel roja, corrió junto a sus amigos, o en los cosos taurinos donde Eugenio –vestido de mestiza– zapateaba frente a los novillos, o en las tardes soleadas del barrio donde alguna vez vivió ya instalado en la capital de la provincia. Mucho menos la búsqueda se limitaba a seguir sus pasos en los camastros de la ex zona de tolerancia, en algún salón de baile o en alguno de los juzgados o despachos donde ejerció su profesión. La búsqueda –de aquí mi elemental torpeza– tenía que hacerse exclusivamente y desde el primer momento, en el único lugar donde Rosendo Mata podría estar: sobre el papel.

Es así, que a la luz de mi furtiva ignorancia me di a la tarea de buscar a Rosendo Mata en este nuevo libro de Manuel Calero que está compuesto por tres apartados titulados “Ocio y mocedad juntos”, “La mayor edad” y “Otros relatos”. Es importante aclarar que sólo las dos primeras partes parecen acoplarse para formar una unidad independiente y que se hacen necesarias entre sí, ya que narran las tribulaciones del Licenciado Mata. La tercera parte se conforma de relatos aislados donde, por cierto, el autor hace buen uso de la enunciación en primera persona.

Pienso en el nombre del protagonista: Rosendo-Mata-Caballero. Si bien este juego semántico ya nos presenta a un ente ficticio que bien podría ser la antípoda de las buenas costumbres referida en la palabra ‘caballero’,

Rosendo es también un “recipiente vacío” (Pimentel, 2002, p. 63) que con el transcurso de los relatos nos irá configurando su modo de ser y estar en el mundo de la ficción. ¿Pero de qué manera el autor nos presenta al personaje?
Rafael Núñez Ramos, en su ensayo “Literatura, verdad involuntaria” afirma que “el escritor lee lo que escribe y el lector escribe también lo que lee.

Escribir no es aquí hacer trazos sobre el papel, es hacer surgir una realidad imaginaria ante uno, siendo este carácter imaginario el que convierte en juego tal práctica”. (Núñez, 2008, pp.100-101).

De esta forma el narrador, apoyado en las vivencias del personaje Rosendo Mata, construye un universo mítico donde se dan cita sinfín de experiencias.
“Ocio y mocedad juntos” se ubica en un pueblo de provincia donde transcurrirá la infancia del protagonista. Este pueblo sin nombre va apareciendo a los ojos del lector a través de los múltiples personajes que habitan en él. Sin embargo, sólo algunos de ellos cobrarán vital importancia para Rosendo Mata.

En primer lugar se encuentra su círculo más cercano, la familia: el abuelo paterno (Pancho Mata), su padre (Don Bernabé), el tío Abelardo e incluso el perro “Lobi”. Curiosamente la figura materna, mencionada apenas en uno de los relatos, es inexistente, o más bien es suplantada por una figura femenina de mucho peso para Rosendo: la nana Anselma.

Un segundo círculo cercano a nuestro protagonista son sus amigos Atilano Fuentes y Luisín. Con ellos Rosendo iniciará un proceso de crecimiento y un aprendizaje cuyas experiencias marcarán su destino y existencia.
Estos dos primeros círculos de convivencia también serán, por lo mismo, los más importantes de su vida. A través de ellos Rosendo Mata configurará un mapa de emociones ya que tanto familiares como amigos se convertirán en puentes que lo comunicarán con el mundo del erotismo y de la muerte.

Entre otras cosas destaca la curiosidad sexual que Rosendo Mata experimenta desde muy corta edad, pese a la moral del pueblo donde vive, cuya educación se encuentra a cargo de los “curas franciscanos”. (Calero, 2010, p.80) La infancia parece permitir la exploración sexual más allá del sentimiento de culpa presente en Rosendo.
Varios pasajes parecen dar cuenta de ello. Aquí un ejemplo:

“Del conocimiento de su incipiente y rudimentaria sexualidad, Atilano Fuentes, el hijo del abarrotero de la esquina, iba a encargarse de explicarle que el toro se cogía a la vaca (…) Rosendo conocería lo demás cuando tuviese la edad de Atilano, que ahora se conformaba haciendo el sexo con gallinas de patio o chamacos a los que se les caía fácilmente los pantaloncitos cuando iban al fondo del solar en compañía de alguien que tuviera la firme intención de pedirle que se empinasen de nalgas”. (pp. 18-19)

Aunado a todo esto, el resto de los personajes del pueblo sin nombre configurarán una sociedad donde la doble moral es evidente. Tal es el caso del fraile Erasmo Durán, quien a la par de repartir bendiciones desde una calesa, también se interesaba por los detalles de quienes acudían a él para confesar sus bajos instintos. Un sacerdote que además disfrutaba de la compañía de feligreses dadivosas en todo sentido.

La perversión se hace presente en otro personaje, Don Gumaro, quien “con su boca chimuela y sus pocos dientes con manchas de nicotina por donde agitaba su lengua rasposa y ancha” (p. 26), al ver a los niños cerca de su negocio, les ofrecía sexo oral sin pedir nada a cambio.

Decía que los personajes de estos relatos, a manera de puentes, comunicaban al protagonista con nuevas sensaciones, algunas agradables, pero otras, también dolorosas. Así se manifiesta en tres de los relatos donde el narrador da cuenta de la angustia de Rosendo Mata cuando mueren el abuelo paterno, la nana Anselma y, de alguna manera, el amigo Atilano y su perro “Lobi”.

Si bien los relatos están contados en tercera persona, durante estos momentos claves para el protagonista, el narrador recurre a la primera persona. Sólo así conoceremos la dimensión de lo que ocurre, la perspectiva íntima, el dolor que produce innegablemente la pérdida de un ser querido:

Allí dejaron a mi abuelo. Junto al osario de Mamá Grande, a la sombra del bicentenario almendro junto al camino de entrada al cementerio de un pueblo que a mi regreso de la playa había visto infinitamente triste, lleno de calor, pues las calesas parecían detenidas bajo el bochorno del mes de agosto, enfiladas a las puertas de comercios y cantinas en derredor del mercado. Los caballos y sus armazones de palos y arnés de cuero estiraban el cuello en su vano intento por alcanzar las hierbas que brotaban al filo de las escarpas, que también hervían por el sol en el adoquín de la calle”. (p. 23)

Tratemos de visualizar esta “postal del dolor” que el narrador nos ofrece. Son esas imágenes de las calesas “detenidas bajo el bochorno” (imaginemos eso) los jamelgos “estirando el cuello” para alcanzar la hierba, que el universo de Rosendo se transforma en un pueblo triste, tristísimo porque el abuelo, el patriarca Don Francisco Mata, había muerto. Todas estas postales de vida, una a una, se irán pegando a la piel, a sus pasos, a la memoria. La muerte entonces será una reflexión constante para el futuro licenciado.

Ahora bien, ¿uno podía morirse con sólo desearlo? ¿Tan frágil era la vida? Preguntas que Rosendo a diario se formulaba sin hallar respuesta. A la nana Anselma se le había hecho fácil lograrlo. Simplemente deseó morir y ahora se encontraba entre los muertos (era la número 6, contando, desde luego, a Lobi que la sanidad envenenó). Y pudo ser el sexto de los fantasmas de Rosendo, de haber continuado en el pueblo. (p.64)

Otro punto relevante del libro es, precisamente, el traslado de Rosendo Mata junto con su familia, a la capital de la provincia. Del mismo modo, los personajes que aparecen durante su estancia en la ciudad configurarán este nuevo espacio de adolescencia y juventud. La adaptación, sin embargo, no será nada fácil.

Huiros llegaron a ponerles de apodo a los hermanos Mata. Eran huiros por decirle al vendedor de la puerta (de la escuela): ¿A me ján pelas una china, chinero? Y también porque a cualquier aire fresco que soplase en la cancha de fútbol le llamaban viento de agua y le pedían a todos que ján entrasen, para que no les fuera a “batir” ese aire y luego les dé “pulmonilla”. Huiros, porque al llegar a Mérida creyeron que la fuente del parque de las Américas servía para bañarse, como en cenote, y así lo hicieron Rosendo y su hermanito, aunque a punto estuviese la policía de llevárselos a la cárcel”. (p.62)
La descripción de estos hechos también son referencia de una ciudad como la de Mérida que recibe una fuerte migración del campo y que, por lo mismo, ejerce un reacomodo y adaptación en los usos y costumbres de las clases sociales.
Si bien esta situación no se desarrolla del todo, algunos pasajes dotados de humor e ironía, nos hablan de los prejuicios en torno a este fenómeno social. Tal es el caso del tío de Rosendo quien se negó a inscribir a su hijo en el mismo colegio de los Mata, con el pretexto de que la lista de estudiantes “más que lista parecía nómina de Banrural, por la abundancia de apellidos cortos”. (p. 63)
“Rosendo veía extraño que alguien pudiera ser Millet, Azarcoya, Fitzmaurice, Colomé o Casellas y que sólo hubiese dos o a tres con los apellidos Barrera Cen, Dzul Acosta o Pérez Puc y que por sólo eso el tío se hubiese negado a la inscripción del primo Nacho. De Nachito, que por estar enfermo de una disentería amibiana crónica, cada vez que se agachaba en el patio le salía el ano del esfínter como si fuera un “espanta suegras”. (…) Así, Nachito iba a llenar los bacines de la escuela marista donde lo inscribieron, con esa especie de tripilla que los médicos llamaban recto y los amigos de Nacho, “culo espantado”. (p.63)
Ya en otro momento analizaremos con más cuidado la segunda parte de este libro. Es importante detenernos por ahora, o al menos por esta noche, a reflexionar sobre la literatura que mira al pasado. Es importante decir, sobre todo, que antes de mi búsqueda, ya estaba Rosendo Mata Caballero buscándose a sí mismo.

La literatura, el arte, nos dice Rafael Núñez Ramos “es un hallazgo, un hallazgo impremeditado que ocurre muy pocas veces. Es el momento del goce, del conocimiento de uno mismo en relación con el mundo, conocimiento que nace de la interacción con el texto o la obra y crea la ilusión de objetividad e intersubjetividad, aunque sea en definitiva, un asunto puramente personal”. (Núñez, 2008, p.101)

El escritor se presenta, entonces, como un estratega involuntario que crea un universo paralelo tan parecido al nuestro, donde además existe un mapa emocional. Ahí el lector se verá identificado. Ahí la literatura. Rosendo Mata se nos presenta como un ente de ficción muy observador y por lo mismo reflexivo. Su destino, sin duda alguna, era ser escritor. Sólo a través de esta labor de reescritura del pasado podrá concretar este mapa de emociones que lo llevarán al tesoro oculto de la memoria, a ese pueblo sin nombre donde alguna vez el erotismo, donde también la muerte, pero asimismo la felicidad que quedó guardada en sabores, olores y formas.

Rosendo Mata muchos años después se ha puesto a escribir desde su despacho sobre la vida. Así nos lo narra su autor, Manuel Calero. Ante la pesadez que puede representar la realidad recurre al recuerdo para hallar en sus propios pasos la liviandad del ser.

Por eso al final de esta irreductible unidad que forman las dos primeras partes del libro, el licenciado Rosendo Mata ríe como un niño frente a su máquina de escribir. Después de todo, recordar es también narrar y ficcionalizar. ¿Pero quién narra a quién?

Manuel Calero ríe también gustoso y habla de que es un escritor autobiográfico. Pero insisto, ¿quién narra a quién?… Aquel encuentro en el capítulo 31 entre Unamuno y su personaje Augusto es un claro ejemplo de que la moneda sigue en el aire. Recordemos que Augusto Pérez no se dejó intimidar por su creador e incluso le advirtió que el autor sólo había sido un pretexto para su existencia y que a la larga, quizá en muchos años, el mundo recordará más al Quijote que al propio Cervantes.

No vaya a ser, entonces, que todo esto (incluyendo aquella botellaza dominical) sea un gran pretexto para Rosendo Mata Caballero. No vaya a ser, entonces, que cada uno de nosotros en esta sala seamos un ente de ficción… pero bueno, ya la vida nos dirá.

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Texto leído en la presentación del libro El licenciado Mata, su liviandad y otros relatos, de Manuel Calero, el viernes 14 de mayo de 2010 en el Centro Cultural “José Martí”.

BIBLIOGRAFIA

Calero, Manuel. El licenciado Mata, su liviandad y otros relatos. Ayuntamiento de Mérida (Consejo Municipal de Ediciones Literarias), México, 2010.
Núñez Ramos, Rafael. “Literatura, verdad involuntaria”, en: Leonarda Trapassi, José Javier Martos Ramos et al, Los recursos de la mentira: lenguaje y textos, Ed. Anthropos, España, 2008.
Pimentel, Luz Aurora. El Relato en perspectiva. Ed. Siglo XXI, México, 2002.
De Unamuno, Miguel. Niebla. Ed. Suma de Letras, España, 2002.

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