Fantasmas en la ciudad

Es notorio el aumento de personas que en los diferentes cruceros de la ciudad piden una moneda a cambio de limpiar el parabrisas del vehículo, hacer alguna acrobacia, malabarismo con esferas, varillas y cuerdas encendidas en los extremos, tragafuegos, o únicamente extienden la mano sin poder dar nada a cambio sino su pobreza.

Son personas de diferentes sexos y edades que diariamente arriesgan algo más que la integridad física al estar esquivando a los conductores que muchas veces, impacientes por el semáforo, tratan de evitarlos moviendo el vehículo o gesticulando alguna ofensa. Pienso en los acróbatas que a mano limpia se paran de manos sobre el pavimento hiriente del mediodía, o en los efectos secundarios que la gasolina puede ocasionar en los tragafuegos.

También he visto hombres y mujeres en sillas de ruedas, usando un bastón o con alguna deformidad evidente que les impide seguridad en sus movimientos. Con una ciudad que no perdona el crecimiento desequilibrado de automotores y sus consecuentes embotellamientos, ha sido suerte que no haya ocurrido un accidente desafortunado.

En las inmediaciones de la Sidra Pino en el Barrio de Santiago, desde hace ya muchos meses los trabajadores en huelga, acompañados de sus carteles explicado el por qué, han permanecido en las esquinas pidiendo igual una moneda para el sustento de sus familias. Si bien muchos se solidarizan, no siempre existe la posibilidad de apoyarlos de manera constante.

En las Avenidas Alemán y Yucatán también se ha visto a grupos de mestizas distribuidas en los diferentes cruceros. Cumplen un horario casi laboral pues pueden verse desde las mañanas hasta ya casi entrada la noche, cuando retornan a sus respectivas poblaciones.

Como decía, son gente de diferentes sexos, edades y grupos sociales. La otra noche, caminando por la calle 52 con Avenida Pérez Ponce, vi a un joven de aproximadamente 20 años recostado en la escarpa. Ya por la hora la afluencia vehicular había disminuido y muy pocos peatones transitaban ya. A su lado estaba una vara de malabarismo y una bicicleta.

Al momento de pasar a su lado, sorpresivamente se incorporó dirigiéndose a mí para preguntarme si pensaba que por lo que hacía lo consideraba un vagabundo. Le contesté que no, y seguí mi paso mientras él continúo hablando para sí mismo.

Señalo todo esto porque es evidente el incremento de estas personas como nosotros en la ciudad. No se trata de condenar lo que hacen, o de criticarlos porque representan un posible peligro para ellos mismos y para los conductores. Hay algo más abajo que demuestra que las políticas públicas de desarrollo e integración social NO están funcionando en los diferentes niveles de gobierno, que es una mentira que los gobiernos estén preocupándose por los niños, jóvenes, adultos mayores y discapacitados.

Mienten los distintos programas federales que bajo un halo de humanismo y preocupación social realizan acciones para detonar propagandas de sí mismos. Mentimos también nosotros cuando el “sentimentalismo” y la “conmiseración” nos ganan al ver a estas personas en las esquinas y mendigamos una moneda en los bolsillos para darles.

Porque si comprendiéramos el problema real seríamos partícipes activos en la democracia simulada que nos intentan vender, para ahora sí, construirla con decisiones lejos de propagandas mediáticas que hacen de la política un reality show o una serie de televisión cualquiera.

A la par de los espectaculares y anuncios de los logros gubernamentales, ahí están ellos, en cada esquina.

Los fantasmas de un mal gobierno.

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