México 2010: lejos del paraíso

Faltan pocos días para los festejos del Bicentenario, evento nacional que los gobiernos de los tres niveles se han encargado de enfatizar como un máximo deber para con la historia, compromiso que por supuesto, justifica la cantidad de recursos liberados para su consecución. Los rostros de los héroes nacionales pululan ya en cada rincón de México, sin saber a ciencia cierta qué hicieron, pero nos sentimos orgullosamente mexicanos, y toda esta algarabía, los fuegos artificiales, las banderas que ondean en cada esquina, nos llena el pecho de una gloria inexplicable pero fugaz, como la pólvora cuando es tocada por el fuego.

¿Qué caso tiene tejer una ilusión cuando la realidad es otra? Porfirio Díaz también celebró los 100 años de la Independencia echando la casa por la ventana y a los pocos meses ¡bum!, la Revolución. Tanto bombo y platillo, tantos programas televisivos del Bicentenario y tanto Noa Noa no nos alejarán de este país en guerra. ¿Por qué en vez de utilizar los recursos del erario en fiestas multitudinarias no se aplica en programas culturales, educativos, o en una investigación a fondo que ayude a comprender la tremenda complejidad de la principal causa de este presente sangriento, el narcotráfico?

Hay una película mexicana como pocas, dirigida por Luis Estrada, el mismo de la “La Ley de Herodes” censurada en su tiempo por ser una radiografía política de los gobiernos priístas. Vuelve a la carga, ahora en el marco de los apoyos otorgados al cine por el Gobierno Federal con motivo de las celebraciones del Bicentenario, no por eso una historia hecha a modo y sí en cambio, con un claro mensaje que habrá dejado nerviosas a algunas gentes del Conaculta: en el México del 2010 no hay nada que celebrar.

Conocemos el impacto brutal de la guerra contra el narcotráfico a través de miles de imágenes que diariamente vemos en la tele y los periódicos: cuerpos decapitados, colgando de puentes, mutilados o reducidos a cenizas, y vemos también camionetas incendiadas, paredes agujereadas y mensajes en mantas y cartulinas. Pero no más. Luis Estrada deja esta superficie para sumergirse a las profundidades del problema y entona un cruel corrido de la realidad mexicana.

La historia de Benjamín García, interpretado por Damián Alcazar, es la misma historia de miles de mexicanos que se ven obligados a incorporarse a una célula del narcotráfico. Mirar su trayectoria criminal nos permite conocer la violencia real y en su dimensión total. Presenciamos por ejemplo, la crudeza del conocido “levantón” y la estela de dolor que en la familia de la víctima deja.

Luis Estrada utiliza la misma mezcla de sátira e ironía como en la “La Ley de Herodes”. Fenómeno interesante: no podemos evitar las risas ante los diálogos y acciones presentadas hasta que nos percatamos de que el objeto de nuestra gracia es esa realidad de violencia que estamos viviendo. Entonces la sonrisa se convierte en espanto, y aquí cobra la película una fuerza desgarradora.

El simbolismo utilizado por el director no tiene comparación. Hago referencia a una escena fundamental, cuando –sin ahondar en detalles– un presidente municipal es ejecutado durante la celebración del Bicentenario cayendo de bruces sobre el pódium donde momentos antes había enunciado los vivas a los héroes de la patria. La cámara hace un close up al escudo nacional impreso en el pódium mientras la sangre del munícipe escurre lenta y los fuegos artificiales resuenan entre los gritos de la gente.

Película altamente recomendada, cada peso lo vale, más cuando una extraña sensación nos acompaña al abandonar la sala del cine… y uno no deja de pensar que vivimos una historia similar llena de vicio y corrupción, de sangre y descomposición social, que nos aleja del paraíso prometido en los planes de gobierno. Después de todo –que jodido– no hay mucho que celebrar.

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