Máscara sobre máscara

El Diablo habla:

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“Carnaval sin fornicio es un bullicio cualquiera. Qué estrechas, paupérrimas y apretadas voluntades que hoy creen conocer el gozo detrás del incómodo disfraz. Redundancia del cinismo. El carnaval es carne y no tapujo, es lascivia y no desenfreno absurdo. Para catar la lujuria, la otredad concupiscente que nos habita, hace falta vitalidad e inteligencia. Más que añadidura, el cuerpo necesita desnudez, absoluto despojo. Sobran antifaz y lentejuelas, faltan morbo y perversión. Mientras afuera los rebaños hacen bulla, adentro los olores se desprenden de vaporosos cuerpos envueltos por la ansiedad. Un dedo que recorre la silueta del abismo, salta y se sumerge. Garras que buscan asirse a la tierra firme de la piel. La frivolidad de un beso repetido en el dorso de una extremidad invertebrada en llamas. Una lengua encarando el lento oleaje de un orgasmo repentino. El labio entumecido de la noche lame todavía hasta el cansancio. Y hay cabalgatas celestiales que ningún amanecer puede evitar. ¡Ven, Estrábica, a reposar tus blandas carnes junto a mí, ofrece tu pezón izquierdo a la vendimia y tus nalgas galopantes al espejo de la muerte; ven, Tullido, a darme tu boca como genital, tus dedos beligerantes como venganza del infortunio; ven, Oronda, déjame perderme en cada una de tus estrías y regocijar mis dientes en la fronda celulítica de tu ser; ven, Sordomudo, te haré gemir como a nadie, serán tus poros alaridos y no conocerás mejor sonido que mis lamentos de placer enarbolado; ven, Lisiada, mi cuerpo –palmo a palmo– es tuyo, has de él tu extremidad ausente para que descubras las delicias de la humedad; ven, Jorobado, que en tu doblez voy a restregarme hasta el cansancio de los últimos tiempos! Porque las noches del carnaval, bajo el velamen del deseo, hierven. No hay más: lo otro es bullicio, ingenuo desentrampe, mediocridad a cuestas.

En el fornicio la desnudez ampara lo que somos

En el fornicio la desnudez ampara lo que somos

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Máscara sobre máscara ¿qué caso tiene? Dime cuál es tu disfraz y sabremos la proporción del deseo contenido, acaso también la frustración. ¿Para qué ser otros, si en nosotros vagan tantos? ¿Para qué ser otros si en ellos podemos estar? Carnaval ocasión de lo distinto, estar en otro hasta comprender su esencia. Disfrutar la carne y su preocupación, su tristeza y enfermedad. La carne es una misma como el deseo incluso. ¿Quién viene por ahí ocultando su placer? ¿Quién se cubre la máscara con un poco de poder y ficciones inventadas día a día? ¿Quién se deja el disfraz ante el espejo de la soledad? En el fornicio la desnudez ampara lo que somos. Esa búsqueda incesante de placer, ese gozo extraordinario lejos del escándalo y las escenas cotidianas del trabajo, el hambre y la insistente preocupación por la existencia. ¡Ven, Infausta, a decirme que tu soledad se ha hecho menos dolorosa! Pero insisto: para catar la lujuria, la otredad concupiscente que nos habita, hace falta vitalidad e inteligencia. Más que añadidura, el cuerpo necesita ligereza, absoluto despojo. Por eso voy desnudo con los cuernos y la lengua al aire, esperando el mínimo pudor que los encienda”.

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