Buscando a Joseph K. | Crónica de un desvarío

Casualidad o destino: mientras la imagen de Kafka redunda en mi pensamiento, específicamente la de su personaje Joseph K. de El proceso, desde Tel Aviv surge la polémica, el escándalo o piénsese mejor, la esperanza de comprender a uno de los autores más emblemáticos del siglo pasado como lo es Franz.

Tal fue el poder de su palabra, la síntesis de realidad que tejió en los capítulos de sus novelas, tal es también la fuerza de sus metáforas que hoy, a más de 80 años de su muerte, sigue vigente no sólo su obra literaria sino su misteriosa personalidad como si él fuera también uno más de sus imbricados personajes.

Leí El proceso hace algunos años, la novela se fue como llegó a mis manos y poco recuerdo ya de su lectura. La sospecha en estos últimos días de sentirme como un procesado más me ha llevado de nuevo a su búsqueda, como si conseguir el libro me liberara de este mordaz sentimiento.

La bibliografía de Kafka se consigue fácilmente en las librerías de la ciudad. Era cuestión de ir por la novela, de echarle un vistazo a sus páginas, de adentrarme a la lectura. Pero un sujeto con un proceso sobre los hombros no tiene todas las libertades de un ciudadano común, y por una razón u otra, me ha sido imposible acceder a la edición.

Alguien se ofreció a prestarme el libro, pero no, pude haber ido desde antes a la biblioteca; la cuestión es tener el libro, no dejarlo ir como la vez primera. ¿Qué extraño poder tiene la prosa de Franz Kafka? Recuerdo cuando un familiar, inmóvil en su cama de hospital, me pidió algo para leer. A los pocos días fui a visitarlo y el libro estaba en el suelo: La metamorfosis lo había desesperado a tal grado de sentirse como su personaje principal, Gregorio Samsa.

Miro las noticias. No sé si Max Brod fue mal amigo de Kafka al no cumplir su promesa de quemar las obras del escritor checo. Si no fuera por su deslealtad no estaría en mi búsqueda personal.

La secretaria de Max Brod falleció hace un año en Israel. Por décadas cuidó del legado de su también amante y jefe, y ahora los críticos, lectores y académicos están a la expectativa de saber si hay más textos de Franz Kafka aún inéditos, como en su momento El proceso lo estuvo.

El colmo o acaso parte de mi proceso: voy a una primera librería y las ediciones están agotadas, sólo una compilación de la obra de Kafka en un voluminoso libro de pasta dura. Llego a otra. El librero conversa con una persona y yo interrumpo: “El proceso de Kafka, por favor”.  El librero comienza a buscar y lo imito mientras la otra persona nos observa.

El libro no aparece, el vendedor va a la bodega y yo sigo buscando en el estante. Joseph K. se esconde y la persona junto al mostrador dice en voz alta que Franz Kafka siempre lo deprime, que leerlo es corroborar todo lo que piensa. Yo comienzo a reír desaforadamente, y por más inverosímil que parezca, el librero llega con los hombros caídos y me dice que no, El proceso no estaba tampoco en la bodega.

Con la promesa de volver a la siguiente semana para intentarlo de nuevo, me despido del librero y con una palmada al hombro de aquel hombre que se deprime al leer a Kafka. No tengo esperanza, pero sé que, pronto, lo leeré de nuevo. Mientras, mi proceso continúa, la búsqueda de Joseph K., también.
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Manuel J. Tejada

Diciembre 2008