Armstrong y la luna de queso

El día en que el primer hombre llegó a la luna mi papá tenía diecisiete años, mi mamá un poco menos, y yo no muy asegurada mi existencia. Se supo, por aquel histórico paso de Neil Armstrong, que la luna no era de queso. Aunque para muchos lo seguirá pareciendo. Sus razones tendrán. No dejo de imaginar la manera en que se habrá recibido la noticia aquel julio de 1969.

Ahora que la NASA logró transportar al planeta rojo un robot explorador no hubo tanto revuelo pese a que fue una misión muy compleja y un logro importante. Un éxito rotundo si observamos que el vehículo explorador pesa casi lo mismo que un sedán de cuatro puertas y estuvo suspendido unos minutos por cuatro cohetes sobre la superficie marciana.

Hubo quienes siguieron el descenso del “Curiosity” (así lo nombraron) a través de las redes sociales como Twitter y Facebook. Mi hermano, por ejemplo, no durmió para presenciar en pleno siglo veintiuno aquel suceso histórico. Yo para entonces estaba soñando con la luna de queso.

En 1902 cuando Georges Melies rodó su “Viaje a la luna” nuestro satélite no era otra cosa que una cabeza de queso gruyere. Será porque los orificios recuerdan los cráteres lunares que los astrónomos han observado a través de los siglos. A alguien se le ocurrió decir que la luna era de queso. Y desde entonces lo fue.

Lo que sin duda hay que reconocer de Melies es que ante todo fue un gran visionario. El viaje que realizan a la luna los científicos dentro una capsula parecida a una bala no distaba de la nave donde Armstrong y su tripulación lo haría exitosamente sesenta y siete años después.

Aquel año mítico donde miles de personas se manifestaron contra la guerra de Vietnam en el Festival de Woodstock y Joe Cocker cantó “With a little help from my friends” que la serie de televisión “Los años maravillosos” inmortalizaría durante los primeros años de mi adolescencia.

Lo que Melies no imaginó es que la luna, lejos de parecer un manglar como en su película, sería un desierto de polvo y soledad. Los astronautas estadunidenses lo comprobaron y millones de personas alrededor del mundo fueron testigos en directo.

Siendo estrictamente precisos, con la muerte de Neil Armstrong se cumple sin metáfora el anhelo recurrente de la mayoría de los hombres y mujeres: dejar huella sobre la tierra. Una preocupación que suele ocasionar graves conflictos mentales en quienes se miran a sí mismos como candidatos a la inmortalidad sin intentar hacer nada útil.

No deja de ser paradójico que mientras la huella de la primera persona en llegar a la luna sigue enclavada a miles de kilómetros de nosotros, aquel “paso importante para la humanidad” que evocó Armstrong en su diálogo con Richard Nixon desde la luna, hoy no represente nada.

El paso importante dado por la humanidad, con los constantes retrocesos de la sociedad cada vez más fragmentada, se ha convertido en menos que un pequeño salto, una anécdota que ya no ilusiona a nadie. ¿Qué habrá pensado Armstrong antes de morir? Tanto adelanto tecnológico para nada.

Recuerdo que mientras fuimos creciendo, cuando se cumplía un año más de la llegada del hombre a la luna, mi papá nos decía durante la sobremesa que la verdadera importancia de aquel día histórico para la humanidad es que se descubrió que la luna no era de queso. Le creí entonces.

Y lo sigo haciendo.

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