Desiertos

No lo escribí inmediatamente porque

mi primer propósito fue olvidarlo,

para no perder la razón.

JLB

 

Sobre la duna de un vientre mi lengua se detuvo. Hacía un viento irregular para esa hora muerta de la madrugada. Porque la arena había dejado de gotear, en algún sitio al sur, seguramente alguien recordó mi nombre junto al odio, y la testarudez parió más de una nueva voluntad.

He dejado de insistir porque es enero y todas las trincheras han sido tomadas por la incertidumbre. Monzón de la desidia o la frustración. Hay luchas que no son luchas y versos que la hojarasca vuela. Tuve la premura de escribir anticipadamente “olvido” en todos los pezones del mundo así como su nombre en las paredes de la brisa. Incluso cambié el sentido de las calles para no recordar antiguos pasos. La avenida de nuestros besos hoy es un callejón sin luz donde los gatos buscan refugio para limpiar su pelaje. Ahí me descubro, algunas noches, con mi lengua al aire y una melancolía de luna llena y pájaros negros.

Dejé de frecuentar los bares, los amigos y la vida. En mis bolsillos, como sobre mí, una insoportable levedad me envileció, y desde entonces suelo perderme en noches de mucho frío. Alguien afirmó reconocerme entre la tinta dispersa de una hoja de papel. Otra asegura que mi nombre es el primero en una lista de trasplantes para manos, el sexto de recuerdos, y el último para el corazón.

Lo sé: posiblemente voy a partir (“morir” es una palabra a la que rehúyo) un domingo de nubes y sabanas tristes con un café a medio terminar. Ningún doctor puede explicar el vértigo que me acompaña desde hace meses. Y tiemblo. Tiemblo cuando el silencio ocupa el asiento de junto en los cines y teatros; o cuando la noche me sorprende en medio de un oasis, que a la larga, no es otra cosa que parte del desierto mismo.

En la última tomografía un médico describió el abismo que creció entre mis sienes. Hay cero tolerancia a la tristeza, y aunque los exámenes de sangre muestran índices de normalidad en lípidos y azúcares, hay un alto grado de nostalgia que rebasa los estándares permitidos. Los galenos no disimulan su preocupación.

Desde que ella no está todas las horas son una extensión visceral de la nada, llanura de lo insoportable. Aunque en espejismos finja consuelos fatuos y engañe con cansancio a la soledad, un desierto habita mis rescoldos. Un desierto que despierta para ver otro desierto, chivo expiatorio de la ansiedad o el miedo que en cada grano de arena, sobre la cama, se esconde.

Hace frío. Sobre la duna de un vientre mi lengua se detiene. Surte un viento irregular la madrugada y observo el desierto a mí alrededor. Monzón de la angustia. Olor mineral. Estigma del desasosiego. El desierto me hace nadie y su aridez aturde. Escribo un nuevo “olvido” y el sabor de mi saliva retuerce el silencio inútilmente. Soy una erosión del tiempo en medio de la madrugada, un desierto que alguien abandonó sobre la esterilidad de una sábana. Hace frío. No lo he querido escribir –cuestiones de salud mental– pero desde que ella no está, todas las camas son un desierto… Y ya no sé quién soy.