No vendrá el olvido

El vínculo de Carlos Montemayor con Yucatán traspasará cualquier límite, hasta el de la muerte. Su voz y sus ideas han quedado impresas no sólo en cientos de páginas sino también en el espíritu de tanta gente que convivió con él durante sus visitas.

El año pasado Montemayor regresó a Mérida un par de ocasiones para presentar el libro “Los nuevos cantos de la ceiba” que editó junto a Donald Frischmann. Se reencontró con viejos amigos como Miguel Ángel May May y Joaquín Bestard Vázquez. Incluso se dio tiempo de visitar a la familia de Salvador Rodríguez Losa, donde tuvo la oportunidad de recordarlo a través de un video; ahí contó anécdotas de sus anteriores viajes a Yucatán y de la gente que conoció en aquel entonces, como José Tec Poot.

Muy formal en su manera de hablar, exacto en sus palabras y siempre observando a detalle lo que a su paso encontraba, durante su última visita recuerdo un momento peculiar cuando de pronto se detuvo en uno de los balcones del edificio de Bellas Artes y comenzó a hablar del sol y del calor yucatecos. Sólo elogios para un Estado que le había brindado amistades y buenos recuerdos.

Uno se sorprende que detrás de una persona con un gran intelecto exista tanta sencillez. Carlos Montemayor supo conjugar la literatura con una fidedigna preocupación por el ser humano. Ciertamente su repentino deceso lo convierte, como bien señaló José Emilio Pacheco, en el “último gran hombre de la literatura mexicana”, y difícilmente encontraremos a alguien cuya estética y ética literarias sean congruentes con sus acciones de vida.

Sus novelas, cuyas temáticas abordan principalmente los movimientos armados de los años 70 en México (“La guerra en el paraíso” o “Las armas del alba”), son un constante llamado para que no permitamos que nuestra historia inmediata sea sepultada por la oficialidad.

Su obra literaria y sobre todo sus acciones culturales, son muestra de la esperanza que Carlos Montemayor mantuvo, hasta el último segundo de su vida, en la humanidad.

De su poemario “Una mirada clarísima” transcribo el poema titulado “No vendrán los años”.

No vendrán los años, no vendrá el olvido

no pasaremos, no, como tantas cosas.

La llovizna seguirá cayendo sobre la tierra

y estaremos en otro lugar, amor,

natural, eterno, que el cuerpo comprende.

Volveremos a él por donde nada desaparece.

Estar ahí, amiga, será estar para siempre.

Haberte amado así, será haberlo hecho para siempre,

más limpios que el mundo o las lluvias,

más que la fuerza de los mares.

En tu cuerpo hay una permanente arena,

una permanente lluvia, permanentes horas.

Todo lo que vive, desde tus ojos nos mira.

Y a través de tu cuerpo crece

nuestro encuentro luminoso como la tierra o las estaciones;

un grito silencioso insistiendo

en que no volverá a entristecernos la muerte;

que eleva en nosotros su ternura

como hasta la parte más alta de un monte

un alto lugar donde nos sentamos a contemplar desde tus

ojos

el paisaje de lo que no muere,

de lo que no desaparece.

Manuel J. Tejada Loría

2 de marzo 2010

El vínculo de Carlos Montemayor con Yucatán traspasará cualquier límite, hasta el de la muerte. Su voz y sus ideas han quedado impresas no sólo en cientos de páginas sino también en el espíritu de tanta gente que convivió con él durante sus visitas a Yucatán.

El año pasado Montemayor regresó a Mérida un par de ocasiones para presentar el libro “Los nuevos cantos de la ceiba” que editó junto a Donald Frischmann. Se reencontró con viejos amigos como Miguel Ángel May May y Joaquín Bestard Vázquez. Incluso se dio tiempo de visitar a la familia de Salvador Rodríguez Losa, donde tuvo la oportunidad de recordarlo a través de un video; ahí contó anécdotas de sus anteriores viajes a Yucatán y de la gente que conoció en aquel entonces, como José Tec Poot.

Muy formal en su manera de hablar, exacto en sus palabras y siempre observando a detalle lo que a su paso encontraba, durante su última visita recuerdo un momento peculiar cuando de pronto se detuvo en uno de los balcones del edificio de Bellas Artes y comenzó a hablar del sol y del calor característicos del estado. Sólo elogios para un Estado que le había brindado amistades y buenos recuerdos.

Uno se sorprende que detrás de una persona con un gran intelecto exista tanta sencillez. Carlos Montemayor supo conjugar la literatura con una fidedigna preocupación por el ser humano. Ciertamente su repentino deceso lo convierte, como bien señaló José Emilio Pacheco, en el “último gran hombre de la literatura mexicana”, y difícilmente encontraremos a alguien cuya estética y ética literarias sean congruentes con sus acciones de vida.

Sus novelas, cuyas temáticas abordan principalmente los movimientos armados de los años 70 en México (“La guerra en el paraíso” o “Las armas del alba”), son un constante llamado para que no permitamos que nuestra historia inmediata sea sepultada por la oficialidad.

Su obra literaria y sobre todo sus acciones culturales, son muestra de la esperanza que Carlos Montemayor mantuvo, hasta el último segundo de su vida, en la humanidad.

De su poemario “Una mirada clarísima” transcribo el poema titulado “No vendrán los años”.

No vendrán los años, no vendrá el olvido

no pasaremos, no, como tantas cosas.

La llovizna seguirá cayendo sobre la tierra

y estaremos en otro lugar, amor,

natural, eterno, que el cuerpo comprende.

Volveremos a él por donde nada desaparece.

Estar ahí, amiga, será estar para siempre.

Haberte amado así, será haberlo hecho para siempre,

más limpios que el mundo o las lluvias,

más que la fuerza de los mares.

En tu cuerpo hay una permanente arena,

una permanente lluvia, permanentes horas.

Todo lo que vive, desde tus ojos nos mira.

Y a través de tu cuerpo crece

nuestro encuentro luminoso como la tierra o las estaciones;

un grito silencioso insistiendo

en que no volverá a entristecernos la muerte;

que eleva en nosotros su ternura

como hasta la parte más alta de un monte

un alto lugar donde nos sentamos a contemplar desde tus

ojos

el paisaje de lo que no muere,

de lo que no desaparece.