Bastante metafísica

Miro una foto. Mirar el pasado y sentir de nuevo. Pasado sentido, pasado en recuerdos. Una mujer me observa y me atrevo a decirle: me siento agotado. No contesta. En su rostro también reconozco la incertidumbre. Y nos cobijamos en el silencio. Seguimos a pie, paso sobre paso, hasta que nuestro andar se extravía y nos quedamos solos de nuevo.

Ha de ser viernes.

¿Cuántas veces he querido gritar desenfrenadamente ante el reloj? Pero en vez, registro mi entrada, doy la media vuelta y camino sin más al sitio que me corresponde. En ocasiones respondo al saludo de otras personas que encuentro en mi andar y sonrío. O finjo que sonrío. O bien, camino incandescente mientras conversaciones furtivas llenan los resquicios (quiero escribir “del alma” pero mi alma anda perdida en otra parte).

Alguien habla del viernes. Tal vez yo mismo. La promesa del viernes, del fin de semana y la desesperación junto a la lentitud del día. ¿Ha visto la parsimonia en las agujas del reloj? La vida puede irse mirando el andar de una manecilla de reloj. Una hora que no cesa. La última, la octava que se resiste. Y yo pienso, aunque trate de no hacerlo (en verdad, trato de no hacerlo), en el dorso de la mano de mi padre, en la aguja que atravesará su vena. Y en el miedo.

Si pudiera contener su dolor. Si su angustia aglutinante.

Para pensar en otras cosas pienso en no pensar. En detener las imágenes que fluyen como una brisa contra mí. Es inútil la piel, el vestido, el pensamiento. Cambiaría todas mis horas libres para que las salas de espera estén vacías siempre. Para que las salas de espera en verdad estén vacías siempre.

Pienso en no pensar. Escribo:

Mi madre en una sala de espera es una flor en medio del frío. Es un viernes enrevesado de manecillas y recuerdos. Un poro que se abre, y luego otro. Lo desconocido aséptico, lo incesante tungsteno. Me escribo: una manecilla mira el presente y se retuerce. Una gota en el catéter, y luego otra. Espera profiláctica, ansia concomitante. ¿En qué pómulo habré dejado mi juventud? ¿En qué aguja el miedo se volvió metafísica del ser?

Lo digo como un susurro. Como una brisa que aparece y recuerda el verso exacto de Caeiro: “bastante metafísica hay en no pensar en nada”.

Y pienso.