El sentido común ha muerto


Un par de semanas atrás, mientras caminaba por las calles del Centro de la ciudad, tomé al vuelo una célebre sentencia de dos personas que animadamente debatían sobre la importancia de las decisiones y el sentido común. “El sentido común ya murió”, alegaba uno; “eso decían de Lázaro”, contestaba el otro, refiriéndose a uno de los pasajes bíblicos. No pude contener la risa (aunque traté de disimular) por la genialidad de la conversación que me hizo recordar varios diálogos de la novela picaresca.

Días después, la idea de que el sentido común se había extinguido, continuaba persiguiéndome. Si las personas recurrimos al sentido común, entendiéndolo como todas las convenciones que utilizamos en determinados momentos para facilitar las decisiones de nuestra vida en sociedad, ¿cómo es posible que una herramienta relativamente eficaz pueda dejarse de usar, y por ende “morir”, como alegaban?

Por sentido común decidimos no cruzar una calle traficada, no dar un primer sorbo al café recién servido, utilizar las palabras adecuadas para comunicarnos, prepararse para evitar empaparse cuando estamos fuera de casa si el cielo está muy nublado, y tantas decisiones que optimizan nuestra capacidad de respuesta ante situaciones cotidianas.

Fue el sentido común, por ejemplo, lo que operó en el piloto de una aeronave, que se desvío de su ruta al ver que en la pista había otro avión ocupando el espacio para su despegue, lo que sin duda evitó una tragedia mayúscula.

Sin embargo, hay situaciones que parecen indicar lo contrario, que no siempre el sentido común es un recurso utilizado. Estamos perdiendo la agudeza de nuestro pensamiento para prever posibles efectos negativos por nuestras decisiones. El excesivo individualismo fragmentó nuestra interacción social y por ende la preocupación por los demás. Vivimos aislados, casi encapsulados en nuestros egos y creencias (que muchas veces consideramos también “sentido común”), ignorando que desde la individualidad, desde el solipsismo, el sentido común es –ahora sí– letra muerta.

Retomando el ejemplo anterior ¿por qué un controlador aéreo permitiría el tránsito de dos aviones en la misma pista y al mismo tiempo? Por sentido común ¿no era necesario corroborar los procedimientos de aterrizaje y despegue… comprobar que de hecho no había otra aeronave en la pista? La mecanización de nuestros actos, la rutina, el tedio de nuestras acciones cotidianas, la acrecentada individualización donde nos refugiamos convencidos que sólo ahí podremos estar seguros, está por convertirnos en autómatas, casi muertos en vida.

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La pérdida del sentido común es la evidencia de una sociedad que emerge fragmentada por el individualismo, donde no es la preocupación colectiva lo que establece nuestras convenciones, sino el interés propio, muchas veces ensimismado únicamente en el entretenimiento fortuito.

Lejos de condenar este presente de cambios sustanciales en nuestro ADN social, antes que proponer un regreso a las prácticas del pasado (las cuales sólo a lo lejos y en comparación siempre aparentarán ser mejores), sería idóneo entender los gérmenes de esta disolución colectiva para evitar caer en posiciones contrarias y fundadas en la incomprensión.

El crítico de la cultura, Terry Eagleton, señala que “el fundamentalismo (islámico) tiene sus raíces no en el odio, sino en el miedo, el miedo a un mundo moderno y siempre cambiante en que todo está en movimiento, donde la realidad es provisoria y con un final no definido y donde las certezas y los pilares más sólidos parecen haber desaparecido”.

Mirarnos en este mar de incertidumbres, y aun así liberarnos de las creencias que hemos ido adquiriendo sobre la marcha, olvidarnos un poco de nuestro Yo tan aferrado al ego, y ese intentar ser la medida de todas la cosas, cuando a la larga, tarde o temprano pero lo sabremos, somos tan prescindibles sobre esta tierra, como lo es hoy, el sentido común.

Publicado en Por Esto! el 13/08/2016 | http://goo.gl/6nBnkT
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