Drones en la ciudad


Uno todavía no se acostumbra. Como si habitáramos las páginas de una novela de science fiction, vivimos rodeados de cientos de ojos electrónicos que nos observan.

Esperando frente a un semáforo peatonal, dirijo mi atención a una de las cámaras instalada a lo alto del poste. Primero se mueve a la izquierda, luego a la derecha, después se levanta para tener una mejor perspectiva de la lejanía, y baja intempestivamente –como si se diera cuenta que la observo– para indagar quién transita, cuántos circulan y pasan efímeramente, casi como suspiros.

No puedo evitar sentir un escalofrío que me crispa la piel. ¿Quiénes nos observan? Una parte del pensamiento intenta racionalizar, y justifica entonces el uso de estos vigilantes electrónicos en el contexto de una ciudad que crece sin escrúpulo. “Seguimos siendo un estado seguro”, me repito, y camino bajo la mirada protectora de decenas de cámaras en el centro de la ciudad.

Es domingo. Camino hacia las puertas de acceso al Polifórum. Miro el armazón que han creado, una arquitectura que se sobrepone a otra favoreciendo una nueva estética que simula modernidad. ¿Seremos realmente modernos? Pero algo desvía mi mirada: un artefacto suspendido en el aire avanza sobre las cientos de cabezas que como yo, caminan hacia el informe. Es un Drone, así le llaman.

Los primeros drones fueron construidos para un uso estrictamente militar desde el siglo pasado. Son vehículos capaces de volar de manera automática, es decir, sin piloto a bordo. Eran, por supuesto, un secreto militar. Ya sea para ubicar blancos estratégicos, para espiar al enemigo en territorio hostil, e incluso para arrojar mortíferos misiles. Un artefacto hecho para la guerra.

Como todo, dicha tecnología fue comercializada para la sociedad civil, aunque su uso atendió a necesidades relacionadas al ámbito de la comunicación (sobre todo buscando ángulos nunca antes vistos para las fotos), seguridad y otros usos gubernamentales o de la iniciativa privada.

Escuchábamos atentos los pormenores que informaba el gobernador, cuando de nueva cuenta, el Drone alzó vuelo y comenzó a planear como ave curiosa, pero aletargada, en la comba de la cúpula del Polifórum, ahora adornado con unos paneles para mejorar la acústica del interior. Pudimos observar el artefacto más de cerca, y cerciorarnos de esta nueva tecnología que ahora refiero en estas notas.

Sostenido en cuatro o cinco hélices poco silenciosas (suena como una aspiradora), el pequeño Drone es similar a un helicóptero o avión a escala inalámbrico adicionado con una cámara que seguramente puede transmitir video o captar fotografías. Dos lucecitas, una roja y otra verde, van titilando a su paso, mientras su ojo electrónico, seguramente un potente lente fotográfico, va agudizando la mirada a más no poder.

drone

Ese día, no sé qué tanta falta hizo un artefacto así en el Polifórum. La altitud no era tanta, y por la disposición de las gradas, un buen fotógrafo hubiera captado una excelente imagen del evento desde cualquier punto. Sí en cambio distrajo breves minutos a la concurrencia.

No deja de ser curioso el avance de la tecnología y el retroceso de la vida en sociedad. Inventamos máquinas ingeniosas para captar imágenes nunca antes vistas, pero nos negamos rotundamente a transformar nuestra visión del mundo, y somos incapaces de mirarnos a nosotros mismos en los demás.

Deberían inventar un Drone que viajara a las profundidades de nuestro ser, y no hablo de una endoscopía al cuerpo humano. Más bien imagino un artilugio capaz de indagar las imágenes que permanecen ancladas en nuestra mente, los prejuicios y los absolutos que nos vuelven incapaces para comunicarnos con los demás. Un Drone que nos proyectara, ya sea en video o fotografías High Definition, la totalidad de nuestro ego e individualidad.

Esa sí sería una verdadera maravilla. Mientras tanto esta es una ciudad con millones de ojos que no quieren ver. Y pese a todo, uno todavía no se acostumbra. (POR ESTO!)

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