Bonsái para langostas


1

Eran los últimos días de diciembre. Intentaba sentarme sobre mis tobillos para ensamblar la mesa de la cocina cuando Carol de pronto dijo “¡mira, una manga de langostas!”. Y salimos presurosos al patio a observar el cielo raramente oscurecido de estos insectos. Una bulla a lo lejos, un zumbido que se perdía en la tarde de aquel domingo. Algunas volaban en dirección contraria, otras estaban posadas sobre los árboles y la veleta. Una cuantas caían a nuestros pies, como cansadas de volar.

“¿Para qué me habrá pedido Pepe que le cuidara su árbol de navidad?”, me dirigí extrañado a Carol mientras ella, sentada sobre sus tobillos, cual libélula, terminaba de atornillar la última pata de la mesa sin esfuerzo alguno.
“Muy extrañas esas amistades tuyas… que se lo lleve a Chetumal”, sentenció.
Lo mismo pensé.

2

A lo largo de los años el hombre ha inventado mil cosas para relajarse. Y ha vendido mil cosas más. Quizá vivimos tan divididos internamente, o tan caótica será nuestra realidad, que a últimas fechas he visto cómo los centros de masaje terapéutico anti-estrés han proliferado por todas las zonas de la ciudad, y a la par se comercializa toda clase de artefactos y pócimas para el mismo fin. Técnicas y modelos importados, de Oriente en su mayoría.

Hace no muchos años, revisando el estante de novedades en una librería de Prolongación Montejo, la única que hasta entonces había, escuché el barullo de un grupo de personas en el pasillo cercano. Fisgón, alcancé a ver a tres personas vestidas de manera muy peculiar subiendo las escaleras hacia el segundo nivel. Otro de los clientes alcanzó a decir que se trataba del grupo mexicano Timbiriche, y aunque ciertamente vestían los mismos colores de aquel grupo de mi infancia, pronto perdí la curiosidad.

No fue sino hasta que me encontraba en la caja pagando el libro recién escogido que vi el cartel donde aparecían tres personas en diversas posturas: una sostenida de cabeza, otra sosteniendo el cuerpo con las palmas de las manos en el piso, y una más sentada sobre sus tobillos. Recuerdo que, ante aquel afiche comercial, realmente pensé tener una somera oportunidad de paz y elasticidad.

3

En alguna de las legendarias películas de Karate Kid, el personaje interpretado por el actor Pat Morita, aparecía con el rostro meditabundo frente a un pequeño árbol, haciendo cortes a sus pequeñas ramas, con unas también diminutas tijeras de jardinero. Todo en pequeño, como sus ojos. Y Daniel Larusso, o Daniel San, interpretado por el actor Ralph Macchio, aparecía con la perpetua cara de sorprendido aprendiz.

Era, si la memoria no falla, una técnica oriental de relajación que el maestro le enseñaba a su pupilo para apaciguar sus pasiones. Las artes marciales en el fondo tratan de eso, del dominio de uno mismo. Mi padre, alumno de karate de la academia Shotokan en la década de los setenta, siempre me hablaba de la conexión cuerpo-mente-espíritu mientras me mostraba sus cintas de colores varios.

Algunas noches, antes de dormir, y a la luz de la luna, junto con mi hermanito Alberto, nos mostraba algunas “katas” de artes marciales y algunas técnicas de relajación. Lo cierto es que, seguramente por el sobrepeso, nunca logré sentarme sobre mis tobillos sin que sintiera un malestar tan despiadado y cruel como la ira.

4

Remate de bonsáis, decía la cartulina habilitada como cartel, de color naranja chillón y letras asimétricas en plumón negro a una esquina de la casa. Dispuestos uno al lado de otro en una vitrina improvisada, los arbolitos atestiguaban apacibles el tráfico vehicular de la calle 25 y los inclementes rayos del sol. No pocos automovilistas sucumbieron a la generosa oferta, y se llevaron entusiasmados, en el asiento trasero de sus respectivos autos, esta especie de mascota vegetal a la que tendrían que cuidar y recortar diariamente. Sin duda un eficaz ejercicio oriental para fomentar la paciencia.

Conforme se acercó el fin de año estos puestos ambulantes de árboles enanos proliferaron en diversas partes de la ciudad. Incluso en el periférico pude ver algunos con el mismo esquema. El andamio como vitrina improvisada y la cartulina color naranja chillón con gigantescas letras asimétricas en negro: remate de bonsáis.

5

Todavía en los primeros días de enero, algunas langostas seguían surcando los cielos meridanos. Después de la rosca de reyes, Pepe me habló para decirme que el árbol que compró para su hijo lo había dejado con una de sus tías, y que ahora, al volver de Chetumal, se enteró que las langostas lo devoraron. ¿Todavía siguen en remate ahí cerca de tu casa?, preguntó apesadumbrado.

¡Ah, era un bonsái! Comprendí todo al instante, como producto de una larga y profunda meditación con los ojos cerrados y sentado sobre mis tobillos. (POR ESTO!)

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