Carta a un escritor


Estimado escritor:

 En referencia a su misiva recibida un par de días atrás me permito escribirle estas breves líneas a manera de cordial contestación, ya que considero importante –y en ocasiones necesario– que ningún intento de diálogo deba quedarse (nos agrade o no) sin su correspondiente respuesta. Es, más allá de un gesto de cordialidad, una apuesta asumida por la comunicación entre dos personas que hoy en día hemos relegado en pos de “tener más amigos” en las redes sociales.

 Agradezco antes que nada su tiempo para escribirme, por exponer su apreciación personal sobre la vida cultural y política de Yucatán. Más allá de compartir o no su perspectiva  –ahora es lo de menos– ronda en mí la principal cuestión y meollo de su reflexión epistolar: ¿cuál es el papel del creador en este siglo tan convulso?

 Son complejas las formas de los primeros trece años de este milenio en marcha. Percibo un desgaste atroz en las formas más esenciales de la vida social y una banalización de cuestiones tan importantes como el trabajo, el amor, la amistad, y por supuesto, la creación artística, por mencionar algunas que nos atañen.

 ¿Tantos siglos de repeticiones nos han dejado sin motivación para vivir de la mejor manera posible? Los servicios básicos para nuestra subsistencia están minados por un desdén inconmensurable. Se hace por hacer, sin reparar en los costos que esto representa: productos mal elaborados, riesgos inminentes para nuestra salud física y mental, etc.

 Pareciera que vivimos en las sombras de lo que alguna vez fue. Como si hoy se viviera un eco cada vez menos nítido de lo que en algún momento fue una nota armoniosa. Todo es una simulación visceral: se simula el interés por los otros, la democracia, el trabajo en equipo, la literatura, la libertad, incluso la vida misma.

 Desde luego esta simulación preocupa en sobremanera cuando comienza a afectar lo que nos rodea. ¿En qué momento llegamos a este punto crítico? ¿En qué medida el Estado (rector de nuestra organización y bienestar social) permite que modelos de enajenación social sigan proliferando?

 Leyendo un relato de la escritora Teresa Ramayo Lanz, de su libro publicado en 2010, “Caleidoscopio”, encontré un pasaje que hacía referencia a una época pasada y que, sin embargo, pareciera tener fuerte impacto en nuestra actualidad. Para mí dejó muchas cosas en claro. Aunque largo, lo transcribo por la valía de su contenido, que resume parte del fenómeno que nos aqueja (o seguimos padeciendo) esta primera década:

 “Esos hombres llamados licenciados pretenden vivir como poderosos, pero están sometidos por el gobernador que tu rey les impone. No pueden mandar pero sí intrigan en tu contra. Fingen servir a un monarca al que no conocen, ni quieren conocer. Lo que desean es conservar las leyes que nos colocan bajo su dominio. Tomar lo que es nuestro desde los tiempos antiguos, apoderarse también de nuestros trabajos y nuestros cuerpos para comerciar. Sus vidas están regidas por la codicia. Temen a las serpientes pero no al robo ni a la tortura, cuando es conveniente a sus afanes. Tuercen las palabras y las leyes. Sostienen la mirada con dulzura mientras mienten. Afirman lo que no es ni existe. Escriben cartas y papeles que encubren sus ambiciones y siempre con el nombre de tu dios en tu boca. Encubren su envidia con adulaciones, son serviles”.

 Y nosotros, creadores artísticos, los grandes simuladores ¿qué estamos haciendo ante esta banalización de la vida?

 Antes del último punto, y a modo de respetuosa precisión, sobre las características de mi persona que usted enlista, le aseguro que más responden a una forma de concebir la vida que a un reglamento institucional. Después de todo, ¿qué trabajo no es por y para las demás personas? Dígame ¿qué trabajo no implica un servicio público a final de cuentas?

 Lo que usted refiere, más que “seguir lo que indican las leyes”, ha sido el mismo modo de actuar que cuando lavé autos, serví helados, contesté teléfonos, manejé un taxi, escribí guiones para la radio, redacté notas de prensa, edité una página cultural, y titulé las notas más estridentes del narcotráfico en Quintana Roo. Trabajar, ahora que lo pienso, es una parte indispensable en nuestra conformación como personas, esa palabra tan despreciada por algunos.

 Mucho más allá de lo que hagamos para buscar el sustento diario, es importante asumirse, antes que nada, como creadores de nuestra propia vida. Si lo analiza bien, tal vez desde esta concepción tengamos la oportunidad de un nuevo comienzo y una nueva libertad.

 No lo eche en saco roto, mire que una epístola en pleno siglo 21 no es cualquier cosa.

 Le reitero mis parabienes para usted y su familia.

 Atentamente,

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