Muletillas


> Escribir sobre las rodillas <

Escribir es un acto de reflexión constante, no sólo por los temas que se abordan, sino porque la escritura misma así lo exige. El lenguaje escrito, ese mapa de grafías, conceptos y referencias que se va tejiendo línea con línea, se asemeja a una entidad que respira, se mueve y se regenera. Ya pareciera que los escritores cumplen más una función reguladora, de necesario acompañamiento para que el lenguaje no se desboque en tropel.

La escritura exige por tanto una minuciosa atención. La pérdida de la misma deriva en textos poco comprensibles, de ritmos desbordantes y decadentes, o que sencillamente –y es muy desafortunado– no dicen nada.

Es grato, desde esta perspectiva, que exista la figura del corrector de estilo, persona dedicada a la revisión minuciosa del discurso escrito, es decir, del lenguaje, para su mejor comprensión y sonoridad. La cuestión es que no siempre se cuenta con este apoyo a la hora de publicar un texto, la mayoría de las veces porque no se les encuentra, los buenos correctores son escasos.

Es por eso que en el escritor –redactor, escribano, evangelista– confluyen múltiples responsabilidades. Ya sea que se escriba una novela, un cuento, un poema, un ensayo, una obra de teatro, una carta, un artículo periodístico, cualquier texto tiene exigencias  mínimas e importantes. Asimismo los contextos son distintos.

Escribir para un periódico, por ejemplo, implica una proyección a un futuro inmediato que indudablemente es mañana. Se escribe en lunes para que el martes pueda ser leído. Esto implica tener una hora límite para preparar los impresos. Es ir  –dramatismo puro– contra el reloj. Por eso al discurso escrito periodístico se le refiere como “la escritura sobre las rodillas”, por el halo de premura que siempre lo acompaña.

No es una excusa, pero escribir con el tiempo encima, acarrea muchas veces errores involuntarios. De ahí que se agradezca que los periódicos tengan personal destinado a la corrección de estos textos (desde aquí un saludo afectuoso a Marcos, Augusto, Estela, Carmen, Lorenzo, Conchi, entre tantos) quienes pulen los textos que al día siguiente serán leídos. Son los primeros lectores, junto al Editor, de un periódico, y ellos, así como los reporteros y escritores, van también con el reloj encima.

Aún y con este valioso apoyo, el escritor de un texto es el único responsable de sus propios yerros. Desde mi experiencia personal escribir para este periódico es una de las actividades más gratificantes de mi vida, lo considero ese trabajo verdadero que nos realiza y al que se refiere el escritor Carlos Martín Briceño, cuando habla de la creación literaria, a diferencia de los deberes laborales para conseguir el sustento diario, o “trabajo alimentario”,  como él dice. Escribir es un trabajo para el alma.

Creo que no hay hora del día en que no esté escribiendo el próximo artículo. Después de todo la escritura, esta doma del lenguaje, va más allá de la redacción misma del texto, ese typing sobre el teclado de la computadora. Trato siempre de hacer revisiones exhaustivas antes de soltar cualquier contenido, aunque no siempre las actividades cotidianas permiten dedicar el tiempo que uno quisiera.

Muchas veces, ya sobre la hoja impresa del papel, me percato de errores que me avergüenzan tremendamente, o descubro para beneplácito la mano mágica y oportuna de algún corrector. Ayer descubrí un uso excesivo de muletillas que sirven mucho para armar con mayor rapidez el texto. Quizá fue la premura, la manera rutinaria de escribir, o mera torpeza elemental, pero encendió en mí una alerta y un compromiso insoslayable: el de nunca bajar la guardia a la hora de escribir.

Es lo mínimo que se debe hacer por respeto al primer lector, y al lenguaje mismo.

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