Sin beso que los exima


eximirHay creencias y rituales que uno intenta comprender haciendo uso del sentido común. Que veamos hormigas en fila india sobre la pared y pensemos en la inminencia de una lluvia, nos hace suponer que el reino animal es sensible a los cambios del clima y de la misma tierra a la que pocas veces prestamos adecuada atención.

Otras creencias en cambio van más allá de cualquier explicación verosímil, aun cuando seguramente habrá quien las dote de sentido y lógica. Que alguien cruce un par de coas bajo la hamaca de un recién nacido, abra unas tijeras debajo de una cuna o amarre un hilo negro en la pequeña muñeca del infante para protección de los malos vientos (pero no de las eñes juntas), me deja maravillado por la posibilidad que encierra siempre nuestra imaginación ante distintos eventos.

También existen creencias un poco grises por anodinas. Pasar debajo de una escalera, hacer añicos un espejo o creer que caeremos en desgracia al ver frente a nosotros la negrura de un gato, más que miedo en uno producen un sentimiento de trivialidad, y acaso un poco de impaciencia cuando el peatón de adelante, alarmado al ver una escalera atravesada, baja abruptamente de la escarpa ocasionando un choque en carambola de peatones.

En cambio, que una mujer embarazada tenga prohibido acercarse al sitio donde se hornean los pibes porque existe la creencia de que su sola presencia hará que los espelones no se cuezan y queden crudos, ¡esas sí son palabras mayores!

Desde esa creencia fantástica cualquier amenaza de lluvia puede detenerse con el sólo hecho de clavar un cuchillo en la tierra; desde esa misma perspectiva de realidad alterada y que mezcla herencia de ideas y metáforas, la mujer en período de menstruación que intente el espesor de un caldo, sólo conseguirá una sopa aguada y desabrida.

Partiendo de esa maravillosa imaginación que va más allá del sentido común hasta lo extraordinario, se condenará al recién nacido a padecer diarreas verdes si un borracho hubiera posado sus ojos en él. Y sólo el beso del mismo beodo en la mejilla del bebé (según reza la sabiduría ancestral) podría evitar tan injusto mal.

¿De dónde habrán venido estas creencias aún tan latentes hoy en día? ¿De dónde partirá esa necesidad de darle explicación y sentido a lo que –implacable y desmesurado– se presenta ante nuestros ojos como desafortunada realidad?

Será que el tiempo de los espejismos aún no culmina y hay que pertrecharnos en el lenguaje. Sólo así concibo esta persistencia de la metáfora y la imaginación para enfrentar la penuria de nuestros días.

Ante la infamia delirante, entonces, bata unas claras de huevo rojo y rocíelo en la tercera pezuña de una cabra pinta en su tercer celo; evite las malas lenguas poniendo de cabeza a una víbora de cascabel hasta que se trague su ponzoña; líbrese de las envidias amarrándose al pulgar un viejo diccionario de superlativos; esquive el populismo alejándose en tiempos de lluvia de cualquier tarima; deshágase del rencor ajeno sacudiendo hasta tres veces seguidas los halagos fortuitos.

Arroje al agua de un cenote un puñado de versos para invocar los buenos vientos; ponga la otra mejilla y hasta el cuello si hay amenaza de unos labios; proceda con dos sorbitos de aguardiente mezclados con savia de nopal pero no abuse, ya que hay riesgo de diarrea verde para los que se repulen. Aunque no sean bebés.

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