Taxis en la literatura


taxiUna manera de aproximarse a la comprensión de cualquier ciudad es analizar las relaciones personales que en ella acontecen diariamente. De las múltiples y variadas posibilidades hay una en particular que llamó la atención del escritor español Juan José Millás y decidió ficcionalizarla. Me refiero a los esporádicos encuentros (o desencuentros) que tenemos con los choferes de vehículos de alquiler, es decir, los taxistas.

Quién conoce mejor una ciudad si no un taxista. Quién sabe de los cambios de la fisonomía citadina, de las calles y avenidas, centros nocturnos, restaurantes, espacios públicos de reunión, y tantos etcéteras sino quienes día y noche son los ojos de una ciudad insomne.

Se sabe que el escritor Gabriel García Márquez, en sus años de reportero, estrechó amistad con varios taxistas que esperaban pasajeros frente al periódico donde trabajaba. Encontró en ellos charlas amenas e infinidad de historias que de seguro alimentaron sus reportajes, cuentos y novelas. Años atrás escuché (aunque no lo he corroborado) que el mismo Gabo afirmó que conducir un taxi hubiera sido una oportunidad perfecta para escribir buenas historias.

En una selección de los relatos de Millás, encuentro cinco cuentos sobre taxistas cargados de humor e ironía. En cada uno de ellos se narran diferentes historias que acontecen dentro de ese espacio compacto del vehículo que sin embargo, al estar en constante tránsito, va adquiriendo interpretaciones muy variadas de la realidad.

El taxi como objeto –el vehículo– sirve como pretexto para que en un mismo espacio confluyan dos mundos diferentes, la del taxista y el cliente. No obstante, el diálogo no se limitará únicamente a los dos interlocutores mencionados ya que gracias a la radio de banda ancha se establece contacto con terceros.

Un ejemplo es el cuento titulado “Las voces, las calles, los taxistas” donde un chofer platica con otro colega a través de la radio de banda ancha. El cliente, que se dirigía a un hospital por un golpe en el pie, se incomoda al ver que se trata de una supuesta discusión sentimental entre los dos taxistas ya que ninguno le creía al otro que iban ocupados. De tal modo que el pasajero decide intervenir produciéndose una situación por demás graciosa y llena de ironía.

Del mismo modo, es importante mirar cómo a través de las ventanas del taxi se establece un diálogo con el exterior, que es donde a mi parecer sucede ese contacto con la ciudad. Un ejemplo de ello lo encontramos en el cuento “Los muertos y el tráfico” donde taxista y pasajero comparten un mismo sentimiento al ver a una persona atropellada.

Uno de los cuentos más relevantes es “Retales de conversación” donde sucede un diálogo interesante. El pasajero cuestiona al chofer sobre la infinidad de conversaciones que ha de escuchar en el taxi, y por tanto, la cantidad de información que ha de tener. Pero el taxista, menos jubiloso, le comenta que lo único que tiene son trazos, fragmentos de pláticas inconclusas. “Las frases que se pronuncian en el taxi son como mondas [cáscaras] de naranja. No sirven para nada”.

Después de leer a Juan José Millás es inevitable cuestionarse ¿Qué representa la figura del taxista? ¿Qué representa la travesía? ¿Quién conoce mejor la ciudad si no el chofer de un taxi? Pero ¿la conoce realmente más allá de su trazo y arquitectura?

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