Vacuos


Era conocerse a uno mismo. No hacer de tal labor creativa una moda o un entretenimiento para quedarse únicamente con las imágenes o palabras, las cuales, mientras más sonaran a sentencia o aforismo, más vitales parecían. Y verídicas, porque torpemente seguimos buscando lo verdadero.

La tarde en que por azar encontré la vaguada conocí la paz. Creí entonces que se trataba de una extensión del paraíso. La humedad cobijada por los ramales de varios árboles contrastaba con el calor intoxicante del espacio urbano. La tierra, negra y muy fresca, invitaba a permanecer acostado, rodeado de la yerba y otras plantas que ahí crecían verdes y vigorosas como en ningún otro sitio.

El paso del agua entre las grietas entonaba una melodía que apaciguaba cualquier rescoldo interior. La naturaleza era sinónimo de quietud. Desde ahí, desde aquel inusitado silencio, el ruido en mi cabeza misteriosamente cesó.

Comencé a deslindarme de mis entretenimientos cotidianos en la ciudad para acudir al sitio de sosiego. Extrañas aves con plumajes multicolores y trinos jamás escuchados hacían un breve descanso a pocos centímetros de mí. Nos mirábamos sin decir nada, sin movernos incluso. Éramos parte de un escenario armónico e inigualable.

Poco a poco, como si se tratara de agua filtrándose en la piedra más impertérrita, el estado de concordia fue haciéndose permanente a lo largo del día, incluso durante mi estancia en la ciudad. Tanta fue mi dicha y agradecimiento. Tanta también mi esperanza. Tuve el deseo innato de compartir tal descubrimiento, sin duda un espacio de serenidad para cualquier alma en desvelo. Y así lo hice.

La vaguada, desde entonces, fue visitada por una segunda persona que pronto fue seducida por la belleza natural. Después de sus prolongadas visitas solía detallarme los instantes de su experiencia, describirme lo que una y otra vez yo mismo había visto en aquel paraíso. En cada narración suya, sin embargo, destacaba las cualidades y virtudes del sitio, pero jamás de la experiencia.

Y es que estar en aquella vaguada era una experiencia sensorial que nadie podrá comprender, ni la vaguada misma.

En lo personal fui distanciando cada vez más mis visitas. Había otros paraísos terrenales que fui encontrando o quizá construyendo sobre la marcha, tan propios, que aquí no valdría la pena describirlos.

No obstante, de vez en cuando, y como quien regresa a los espacios de la infancia, visitaba la vaguada sin desdoro. Hasta que una tarde, tan similar a la tarde donde el azar me llevó a encontrar tal sitio, al llegar, encontré a una tercera, cuarta, quinta y hasta sexta persona departiendo con las plantas, el silencio y los árboles.

Sobra decir que al poco tiempo se construyó ahí mismo un centro recreativo que fue visitado por familias enteras durante algunos meses hasta que la naturaleza cedió y el agua dejó de fluir entre los resquicios de la tierra, y las plantas se marchitaron hasta hacerse polvo y grava.

Ahora, mientras recuerdo todo esto, observo un cartel sobre la taquilla que dice “Cerrado hasta nuevo aviso”, y más arriba, cerca y lejos del cielo, a unas cuantas aves en la búsqueda de un mejor sitio.

Parecía algo verdadero, sí. Pero era conocerse a uno mismo.

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