El hombre mínimo y la dignidad


Estimado Jimbo Jones:

Recibí tu carta con la misma sorpresa de quien descubre una cápsula de tiempo, pues en ella encontré imágenes de un pasado que compartimos con compañeros mutuos, y donde la facultad, los cafés, los libros, los huracanes y las calles de Mérida (desde luego, ahora tan distinta) fueron parte sino cómplices de nuestras andanzas literarias.

Sabrás que he publicado algunas de las anécdotas que vivimos en el espacio que amablemente brinda Don Mario en su periódico, más que nada para dejar un registro de nuestra juventud. No obstante, la evocación que señalas en tu carta, esa voluntad de escribir, por ejemplo, noche tras noche, aún y a pesar de las condiciones del clima, las críticas y tantas desventajas que sabemos, es algo que la inercia y la rutina habían relegado en mi memoria.

Y con esto no quiero decir que la adultez haya hecho mella en mí. Por el contrario, junto a mis recientes padecimientos propios de la existencia han emergido unas ganas tremendas de disfrutar la vida. Como diría Gaspar Baquedano en su columna del periódico, todo es “aquí y ahora”. Aunque muchas veces me pregunto ¿qué implicará vivir realmente sin la conciencia del pasado ni futuro? ¿Has pensado en ello cuando miras un atardecer parecido a tantos?

Hace unos meses, por azares del destino, tuve la oportunidad de conocer a un joven músico que estuvo becado en un conservatorio de Europa central. Me habían contado de su gran disciplina y genialidad con el Chelo. Practicaba –él luego me lo confirmaría– más de seis horas diarias. ¿Te imaginas? Y sí, no cabe duda, un músico extraordinario.

Aquella tarde nos contó que después de varios años de ausencia regresó de visita a su ciudad de origen. En una de sus caminatas por el rumbo donde creció se encontró con una amiga de la infancia acompañada de su esposo. La joven, según nos contó el músico, no dejó de halagarlo por sus logros fuera de México, los premios obtenidos y la grabación de su reciente disco. Mientras nos iba contando, pude observar lo complacido que estaba consigo mismo.

La admiración que en algún momento sentimos los que coincidimos en la reunión para conocerlo, se desvaneció cuando el chelista, fingiendo vergüenza ajena y sin poder aguantar la carcajada, se burló socarronamente del esposo de su amiga por desempeñarse “apenas” como empleado de una ferretería. “Imagínense (dijo) cómo me sentí cuando me contó. Mi amiga enumerando mis logros, y él, encargado de una ferretería, un hombre mínimo”.

¿Te das cuenta, Jimbo, de lo terrible de dicha concepción? Tanta audacia, inteligencia, dedicación y conocimiento de aquel joven chelista, disminuidos por su inmarcesible ego. Poco a poco quienes ahí estuvimos (entre ellos nuestro amigo mutuo, Jacinto José Solana, quien puede dar fe de lo que digo) nos retiramos de la reunión. ¿Qué se puede hablar con alguien cuya sensibilidad se encuentra fragmentada?

El ego

El ego

De regreso a casa pensaba que a lo largo de nuestra historia muchas de las mejores mentes han naufragado en el océano del ego y la frivolidad. Nuestra generación no ha sido distinta. Y es que, como advirtió el hijo rebelde de Kanxoc (aquel que se perdió entre las brechas mientras el sol se ocultaba) “la peor tragedia de los hombres es que antes de ser útiles quieren ser importantes”.

Si te comparto lo anterior es porque nuestra preocupación actual tiene que ir más allá de la “gente importante” y sus resplandecientes egos. ¿De qué otra manera podremos ubicarnos en nuestro presente si no conociendo, antes que a ellos,  a nosotros mismos? Recuperar nuestra dignidad, lejos de cualquier retórica trasnochada o efectismo sentimentaloide, es una urgencia no nacional sino humana.

Y es que la dignidad nada tiene que ver con sentirse precisamente importantes, sino con la libertad de encontrar nuestro lugar  y utilidad en el mundo. Ya lo escribió Luis Villoro: “el lugar del hombre es la posibilidad de darse un lugar”. Y esa posibilidad hay que reconstruirla.

Por lo demás, Jimbo, gracias por escribir, por devolver a la memoria tantas anécdotas y sobre todo por procurar la reflexión. Es algo que tanto estimo. Como en los viejos tiempos.

 Muy atentamente.

Manuel Álvarez Gato

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