Crónica de un comienzo


Subió el telón del Festival de Teatro Wilberto Cantón que este año conmemora a uno de los progreseños más ilustres del Yucatán contemporáneo: Wilberth Herrera. Todavía en octubre del 2011 estuvimos presentes en las honras funerarias llevadas a cabo en el mismo recinto del Teatro Peón Contreras. La noche del pasado cuatro de julio, meses después de aquel otoño infausto, la congoja se había disipado dando lugar a una gran expectativa por disfrutar de nuevo el legado artístico del creador de Titeradas.

Había voluntad en los asistentes, cosa extraña en un público poco afecto a la puntualidad. Por eso hablo de que había (y se sentía) mucha expectación, tanto por esta nueva edición del Festival de Teatro Wilberto Cantón, como por Wilberth Herrera y la obra de Conchi León a presentarse, “El gran títere chévere”. Una hora antes de iniciar el evento, desde las ocho, la gente llegó para ocupar la mejor butaca.

Un público nutrido de diversas generaciones prácticamente abarrotó los cuatro palcos del Peón Contreras. Gayola solitaria arriba, pero abajo, mosaico de edades: niños, jóvenes y adultos. Del mismo modo fue notable la presencia de la comunidad teatral que como pocas veces confluyeron en un mismo acto. Desde la primera actriz de Yucatán Eglé Mendiburu, pasando por el actor Mario Herrera III, directores como José Ramón Enríquez, Francisco Solís, Hortencia Sánchez y actrices de las generaciones recientes como Dessiré Solís y Susi Estrada. Había tantos cuyos nombres desconocemos pero rostros no.

Dos minutos antes de las nueve de la noche, con el ingreso al recinto del Secretario de la Cultura y las Artes de Yucatán, Renán Guillermo González, inicia esta crónica.

El otro reconocimiento

Ya va el Secretario rumbo a su asiento. Los saludos no cesan, hay evidente afecto hacia su persona y cargo. Van los últimos preparativos, y a los pocos minutos, irrumpe la voz conocida del maestro de ceremonias. El acto protocolario, la primera parte de la inauguración, ha comenzado. Para enmarcar el homenaje un video con la semblanza de Wilberth Herrera: primer acierto. El uso efectivo de la tecnología recuperó las anécdotas de quienes lo conocieron, la propia voz e imagen del homenajeado. Nos ahorraron la lectura incómoda y llana de una biografía para, en su lugar, ofrecernos en una gran pantalla, la trayectoria de tantos matices de Don Wilberth. “Aquí proyectaban también películas del Santo”, advierte el acompañante de junto. Los sentimientos, en tanto, florecían sutilmente entre las butacas.

Sucede entonces un reconocimiento, el otro, el que quizá nadie imaginó. Suben al escenario funcionarios, representantes de la comunidad teatral, familiares de Don Wilberth Herrera e invitados de honor. A quien fue parte primordial de los logros en su vida personal y profesional, a quien fuera esposa del director de teatro, titiritero, guionista, actor y padre, a doña Olda López Hernández -segundo gran acierto- un reconocimiento por esa inteligencia y voluntad a lado de Don Wilberth. Los aplausos -¿cómo se los describo?- a borbotones.

Pero yo veo con preocupación la hora. Un evento a las nueve de la noche es relativamente tarde para un público tan plural donde incluso hay niños en brazos. Y sin embargo, atención creciente, ya se escucha el discurso del Secretario: repaso de numeralia y próximos eventos del Festival, reflexión sobre la labor emprendida desde la instancia oficial respecto a las artes escénicas. En lo personal destaco el apoyo tanto a la creación, dirección y montaje de obras, como a la investigación y difusión. Esto ha hecho más dinámica la labor cultural, más completa en su evolución e impacto. Luis Velázquez en la Dirección del Departamento de Teatro, haciendo lo suyo.

Apenas lo atisbamos por la cercanía pero existe un movimiento cultural donde el Teatro Regional se transforma, gradual, a las necesidades actuales. El Festival Wilberto Cantón, a la larga, será la oportunidad (como lo ha sido) de mostrar los diferentes grupos de teatro en la entidad. Lo regional: lúdico, sí, pero también inteligente y localmente universal. Wilberth Herrera es un claro ejemplo.

Protocolo demorado pero necesario, con exactitud. El hijo de Don Wilberth, Pedro Carlos Herrera, por petición cordial de Renán Guillermo, da la tercera llamada. Ya es tarde, sí: pero hay esperas que bien valen la pena.

Tema tabú

Sube el telón. El teatro Peón Contreras es una obra arquitectónica esplendorosa; lleno es una metáfora de la vida en pleno. Operarlo -supongo- un trabajo artesanal y de mucho colmillo. Los justos, y Don Justo Castillo, su director, lo sabrán de cierto. Pero decía: sube el telón, véalo subir, lento, conmigo. ¿Lo recuerda? “El gran títere chévere” a escena. La primera (aún siento el impacto de sólo recordar) Wilberth Herrera, el personaje interpretado con gran acierto por Jair Zapata, frente al mar: un hombre sensible. Cuestionan los padres ficticios (Raúl Niño y Anaii Cisneros) “¿Por qué serás tan sensible, Wilberth?”

(Aquí es necesario que hagamos un silencio. Que dejemos un rato el Peón Contreras, a las más de ochocientas personas ahí congregadas, a los actores sobre el escenario, a Conchi León, la directora y artífice de esta obra, tras bambalinas. Incluso estas líneas tampoco serán tan útiles si tenemos en cuenta que el tema de la sensibilidad masculina es un tema vedado, ignorado, omitido. El varón -que alguien me diga porqué- parece estar condenado milenariamente a no expresar lo que siente, a reprimirse. Hombre que expresa su sensibilidad, reza la creencia popular, es vulnerable o maricón. De ahí el germen del machismo, pienso. Pero un momento: hoy miércoles cuatro de julio, inauguración del Festival bla bla bla, en escena, se está hablando de la sensibilidad de un hombre: Wilberth Herrera, quien sin esa partícula esencial de lo sensible, no habría creado el universo que conocemos de títeres y Titeradas. La partícula de dios no está en ninguna máquina fragmentadora ni en los soliloquios de ningún científico. La partícula de dios tiene que ser -varón o mujer- la sensibilidad  en el ser humano).

“¿Por qué serás tan sensible, Wilberth Herrera?” retumba el teatro. Y esa fue la pauta que Conchi León utilizó, para llevarnos con alevosía y ventaja de la mano de actores, músicos, cantantes y marionetas por la vida y trayectoria de un hombre sensible, de un padre que le miente a su pequeña hija (¡qué hermosa mentira!) al decirle que las marionetas se alimentan de aplausos, que deja el trabajo de escritorio y oficina para dedicarse al arte escénico con el apoyo invaluable de su compañera de vida, Olda López (interpretada en la obra por Aurora Quintal), quien desde su asiento en el teatro seguramente (y sólo ella) se transportó a los espacios verdaderos del alma donde Wilberth Herrera todavía conversa con Lela y Chereque.

Océano de luz

¿Qué se hace ante tal atisbo de belleza? Henos ahí, lector, en la doblez de la carcajada y el llanto, en la penuria de nuestras creencias, avasalladas por ese amor tangible que cada marioneta, de la manos de las mujeres y hombres de negro (Cristina Cardeña, Aurora Quintal, Iván Magaña, Juan Herrera, Guillermo Rivera) y en especial de Ángel Aguilar, por regalarle movimiento y sensibilidad a cada uno de los títeres, esa partícula de dios que hizo mover graciosamente las caderas de una cochinita hawaiiana, correr a un trío de pavos, o nadar en el aire –acierto insoslayable de la noche– a un grupo de peces multicolor, en una muestra impresionante y como pocas veces de dirección, técnica e iluminación, pues las luces se apagaron para convertir el Peón Contreras en un océano brillante donde en verdad, porque lo vimos todos, nadaron peces en nuestra imaginación.

Vale la pena advertir que la producción (SECAY, Tomás Ceballos, Justo Castillo), musicalización (Pedro Carlos Herrera) y escenografía en general (La Caja) de la obra fue, por sí solo, un gran acierto. El uso de sonidos, sombras, proyecciones de video en diferentes niveles contribuyó a concretar el perfil de Don Wilberth Herrera, herramientas que Conchi León, como guionista y directora de la obra, supo aprovechar para transmitir la sensibilidad única del gran titiritero. La cantante Emma Alcocer junto a las hermanas Andrea y Jimena Herrera Cardeña en los momentos oportunos dieron muestra de talento y emotividad interpretando la música que todos conocemos del programa de televisión Titeradas.

El público por su parte, contribuyó a cerrar ese gran círculo que es el teatro, reaccionando de manera positiva y entremezclando como muchos, risa y lágrimas ante la emoción. Quien haya asistido por divertimento como si fuera a una fiesta infantil, se encontró sin duda con una obra de teatro reflexiva (sin hacer a un lado la diversión y el entretenimiento) y que por cierto, debiera repetirse.

Sólo alguien con la sensibilidad reprimida pudo aburrirse. La sola presencia de marionetas tan conocidas como Lela y Chereque (interpretados por ellos mismos) detonó la memoria ahí enclaustrada entre tantos pensamientos y realidades contradictorias. En efecto, “El gran títere chévere” fue una bocanada de aire fresco en estos días de incertidumbre y triunfalismos amenazantes. Sobre todo, es perceptible el sello característico que imprime Conchi León al momento de contar una historia. Inteligencia y crítica al servicio del arte escénico. Telón.

Al descubierto

Esta es la crónica de un comienzo, desde luego: pero también de una sensibilidad al descubierto. Lo constatamos en las escalinatas al salir del “Teatro-Océano de emociones” donde vimos ojos todavía nublados por las lágrimas, risas y comentarios rememorando el espectáculo recién visto. Tarde sí, para las personas que acostumbran dormir temprano, pero la demora había valido la pena por mucho.

“El gran títere chévere”, este gran homenaje a Wilberth Herrera marcará el comienzo de una nueva reflexión sobre la sensibilidad masculina y sus alcances, esa que ha sido tan vilipendiada, reprimida y cuya represión ha generado conductas machistas y de discriminación social, sobre todo en contra de las mujeres. Una violencia latente ante la imposibilidad de expresarse con libertad, sin la preocupación de cubrir roles que culturalmente han sido enseñados. La posibilidad única de construirse como lo hizo Don Wilberth Herrera, y de crear universos como Titeradas.

Finaliza mi crónica meses después de aquella noche que fuimos menos niños con la partida física de Don Wilberth. Mujeres y niños vendiendo rosas, ambulantes de dulces y fritangas a la puerta del recinto cultural. Esta otra realidad diaria, inmarcesible.

Y sin embargo, esta noche, entre títeres, música y diálogo, algo volvió.

Algo está de regreso.

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