Rumbo al paraíso


Han mandando a fusilar a dios

Daniel Torres

Mataron a Jesús y se fueron contra los hombres, es decir, contra ellos mismos. Dijeron también que Nietzsche se fue contra dios, –el padre– creyeron los muy católicos. Jamás imaginaron que el delirante filósofo de la sífilis estuviera hablando de la turbia necesidad que el hombre tiene y todavía conserva para erigir a cada segundo nuevos dioses. Al pie de la cruz quedaron los arrepentidos. Al pie del siglo XX, Nietzsche como símbolo de nuestra contradicción.

Y nosotros.

Mataron la esperanza. Una tarde a balazos se murió. En la plaza de las culturas, en las calles de la ciudad de México, en Guerrero, Chihuahua, Yucatán y la Selva Lacandona. Pero también más al sur, o mejor dicho, ahí en las alturas, donde miles de cuerpos fueron arrojados para apagar la voz de mineros, estudiantes, obreros, amas de casa, madres, Jara y el Che. Todavía ayer leí en el twitter que “Jesús sigue siendo el Che Guevara de las viejitas”.

¿Y de nosotros?

Nacimos con la palabra látex en el diccionario de nuestra rutina. Con la advertencia a flor de piel. Nadie se enteró que dios había muerto de SIDA en San Francisco y que había renacido en la abulia del internet. No había nada que olvidar porque nacimos sin memoria. Sólo USB’s, videojuegos y dosis de moralidad. La prisa, ante un siglo que se extinguía, exigió zancos no zancadas, pero no teníamos para comprar ni un puñado de fe. En un lugar donde hasta el cariño se remata. Y lo que estorba se desecha.

Así vi la nuca de Colosio destrozarse en un segundo: ¡Bang! Un balazo a la memoria. Aquel miércoles –lo recuerdo nítidamente– mientras en Lomas Taurinas el caos, en la sala de mi casa, sentado frente al televisor, no lograba entender por qué habían matado a Jesús. Recuerdo haber visto horas después, en uno de los nuevos McDonald’s que inundaron la ciudad, a una burguesa frente a su hamburguesa sentir culpa.

A Jesús lo encontraron muerto en una urna electoral. Tres puñaladas en el corazón. Nadie dijo nada sino que lo hicieron a un lado y el conteo continuó. No fue sino hasta el tercer día del voto por voto que alguien dijo “aquí apesta a muerto”. Pero todos corrieron a su casa o a la cantina más cercana. Ese día resucitó la infamia y el país se convirtió en un cementerio.

Caminamos entre muertos.

Casi nadie recuerda a dios y mucho menos a su hijo. Tal vez si Jesús fuera japonés o usara algún tipo de armadura; o bien, fuera lampiño, tuviera ojos muy grandes y usara minifalda. Pero cuando Juan Bautista le echó agua en la frente no hubo cambio de sexo ni nada parecido. Solo un silencio que perdura milenariamente, una ausencia, un desentendimiento.

Anoche Jesús fue a un casino con sus amigos. Sabía que iba morir. Por eso pidió un etiqueta roja y esnifó a gusto sin que nadie le dijera nada. A lo lejos “Someone like you” se diluía entre las luces neón.

Fue hasta la tercera botella que Judas, desesperada, le dio un beso en los labios y Jesús lo entendió como una señal. A la mañana siguiente su cuerpo aparecería acribillado en la Land Rover LR2 que manejaba por periférico poniente, rumbo al paraíso.

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