Ya con la noche encima


lectorEstoy seguro que cada lector tuvo una manera diferente de acercarse a los libros, y pensar en ello quizá nos ayude a entrever por qué muchas personas rehúyen a la lectura como si se tratara de una acción “irrelevante” y que implica siempre una posible “pérdida de tiempo”.

No tengo –por fortuna– una memoria privilegiada, pero son varios momentos que en mí persisten como sombras que me acompañan. Me recuerdo, por ejemplo, en un primer momento recostado junto a mi papá en su hamaca, escuchándolo leer sus libros de Bill W. y el Dr. Bob; o bien, explicándome con detalle los contenidos de los libros de Ciencias Naturales y Ciencias Sociales, lecturas de la escuela que muchas veces también mi mamá acompañó.

Otro momento valioso en esta historia lectora sucedió en casa de una tía, profesora de primaria, quien tenía sinfín de enciclopedias y cuyas ilustraciones me maravillaron. Recuerdo principalmente una colección de libros que explicaban el por qué de las cosas y que, tragándome la pena, no dudé en pedirle prestados. Me pasaba entonces las tardes ojeando y oliendo también cada uno de esos libros, porque, sobra decir, cada libro tiene un aroma propio.

Luego la preparatoria, y en especial el curso de Taller de Redacción me dio a conocer otro tipo de lecturas más literarias: novelas, poemas, cuentos que me impactaron severamente, a tal grado, que en los descansos aprovechaba ir a la biblioteca olvidándome muchas veces de regresar a clase, absorto en las historias que esos libros contenían. Incluso en mi horario vespertino, no pocas veces, ya con la noche encima, salía de la biblioteca conmovido por la última lectura.

Quiero creer que ese fue el momento en que resulté enganchado, o enfermo, o como se le quiera llamar, pero leer se convirtió en un verdadero acto de transformación para mí. También un acto muy solitario que muchas veces me llevó a buscar los lugares menos concurridos y ruidosos por lo que invariablemente terminaba leyendo en la desértica iglesia de mi barrio mítico.

Ya envenenado de esta hermosa enfermedad que es leer, cual gripe de estación, pronto algunos de mis amigos más cercanos resultaron contagiados sin querer. Tal es el caso de uno de ellos, quien aprovechó sus largos viajes en camión de su casa a la facultad de Psicología para leer cuanto pudo. Al término de su carrera, y de tanto ir y venir, se había convertido en un lector incluso más dedicado que yo.

La universidad le dio otro raro matiz a mis lecturas; posteriormente el trabajo cotidiano, el no saber administrar el tiempo que inventamos, más mis constantes afrentas con los libros y sus autores (la mayoría de ellos muertos, cabe decir), me mantienen a veces lejano. Pero irremediablemente uno vuelve a la lectura y a los libros.

Creo que a pesar de los años, aún persiste en mí la curiosidad por encontrar una buena lectura que me abstraiga, que controle mi respiración, mis latidos, el pensamiento siempre tan parlanchín, y me conduzca a su antojo por senderos de ficción inobjetables.

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