Una cuchillada de amor


En las paredes cristalinas de la brisa he visto algo más que el oleaje de la vida corriendo tumultuosa hacia la nada. Será que todavía no aprendo las señales del camino, será que después de todo, mis ojos no se acostumbran al espanto. Pero quién –que alguien me diga– se atreve a lo distinto, quién puede renunciar a este segundo que sobre el papel yace irreverente.

Aquellos ojos míos del 2010 miraron la polilla de la muerte incrustada en un amanecer de noviembre, el llanto carcomido y la tristeza rebozando en los ojos de la sangre, el tintero roto de una voz atragantada. Es martes cuando escribo este lamento, que es uno y tantos, porque muchos son también los ojos que se astillan de dolor ante el último latido, un aliento que se quiebra, una mirada que se esconde bajo el pesado escombro del no ver.

Bajo el pesado escombro del no ver.

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