Esto es lo que ocurre


tirante

Perdí mi pluma Mont Blanc negra intentando sacar un encendedor de la bolsa del pantalón. Tenerla en la camisa me incomoda por varias razones, por eso prefiero engramparla en el bolsillo lateral del pantalón, donde permanece sin ser vista, agazapada en su modestia. Me incomoda que por encender un cigarro haya perdido tan importante amuleto. Sacaba la mano y clic, se precipitó al piso del auto de un amigo también escritor. El detalle es que ese vehículo en lugar de alfombra parece contener un despeñadero, un océano más bien de objetos impredecibles. Fue tanta mi agonía que le pedí que detuviera el auto unos segundos para que me ayudara a buscarla debajo de los asientos.

Y nada. Nunca apareció.

Dejé de escribir. Me había acostumbrado a ella, a su cuerpo sólido, a la suavidad de su roce con el papel, cualquiera que fuere. Y lo mismo escribía detrás del recibo telefónico, como en el bloc de notas que tenía siempre escondido en el cajón del buró junto a la cama. Expresamente escribía con ella mis textos para el periódico y otros que voy guardando junto al librero. Lo demás que tuviera que escribir, ya sea una rúbrica, una nota o cualquier informe, lo hacía con cualquier pluma o directamente en la computadora.

Parecerá una tozudez de mi parte, un engreimiento fortuito, pero escribir no es un anhelo que me entretenga sino que es algo que me ocurre como la lluvia después de prolongados tiempos de ausencia; o la noche, al finalizar la tarde. Y ocurre como respirar o ir por un vaso de agua para mitigar la sed. Porque mis menesteres son otros, mis formas de pagarme el vestido, el alojamiento, la comida, son otros. Y por tal motivo esa pluma era importante, porque parte de ese ocurrir era en complicidad con ella.

Pero más importante aún es de dónde provino. De ahí su valor particular que no tiene nada que ver con el precio que una marca comercial puede conferirle a un objeto. Una persona muy querida, en la situación menos imaginada, me la dio como un recordatorio de algo que inevitablemente ocurre en mí y que por más que intente no puedo esquivar. Y bueno, también su olor impregnado en cada una de mis letras.

Ella nutrió mi escritura con los versos que solía recitar para recrearnos. Con las diferentes lecturas que comentábamos antes, después, o durante la comida. Ese cariño que igual ocurre entre dos personas en los momentos menos pensados. Y también los finales inesperados como la Mont Blanc precipitándose al vacío una tarde de junio.

Dejé de escribir.

Esta última Navidad recibí una Parker de una persona igualmente querida. Aún no me acostumbro a su forma larguirucha y respingada, pero fluye bien sobre el papel. Tomo conciencia al mismo tiempo de que -supongo- nunca recuperaré aquella pluma ni su complicidad.

Sin embargo, la esencia persiste al igual que su recuerdo y cada texto es mi oportunidad de evocarla.

Y esto es lo que ocurre.

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