Intransigencia


Parece ser que la crítica hoy en día es inadmisible. La crítica entendida como una opinión razonada respecto a algo. ¿A qué estamos acostumbrados? ¿Sólo al halago y al reconocimiento? Si uno se atreve a señalar algún yerro evidente, cualquiera que sea, el veto es inmediato. Fulminante: el aludido no sólo siente una agresión en su contra sino que la socializa entre sus círculos cercanos tratando de difuminar el error, de contagiar su indignación y sobre todo –aquí lo preocupante– dejar en entredicho al otro, deslegitimarlo.

Preocupante porque no es posible que en las bases de nuestra sociedad, es decir, en las relaciones cotidianas, ya sean familiares, sentimentales o laborales, exista una censura ante opiniones adversas. No deja de ser una paradoja que en pleno siglo XXI, y en un contexto donde se intenta consolidar la democracia, no sea desde el Estado o las instituciones de donde surja la censura, sino desde nosotros mismos.

¿Entendemos de dónde provienen estas actitudes intransigentes, cerradas, herméticas a más no poder? La génesis de nuestras reacciones podría dar luz a muchas incógnitas de nosotros mismos. Pero tampoco nos interesa comprender quiénes somos. Nos asumimos como seres inmutables, sin posibilidad de cambio. Y antes de reconocer nuestra imperfección atribuimos a los demás –siempre al otro– la falta de perspectiva, el desatino o la mala intención. Como si detrás de todo comentario u opinión hubiera un trasfondo agresivo o pesimista.

¿Cómo podemos confiar en los demás, afianzar nuestras relaciones personales y desde ahí construir instituciones más sólidas, si anteponemos a cualquier intento tantos prejuicios? ¿Dónde estaría la ciencia si los investigadores hubieran desestimado las opiniones adversas de sus descubrimientos?

Es difícil admitir nuestras equivocaciones. Lo he constatado varias veces en carne propia. Es doloroso incluso, por lo que sin duda, detrás de nuestra negativa hay algo, si no mucho, de nuestro orgullo en juego. Nos es imposible admitir que parte de nuestra naturaleza es errar. ¿Nos creemos seres perfectos? Entonces ¿por qué preferimos huir o rechazar de tajo cualquier comentario o señalamiento que nos incomode?

Resulta más fácil y cómodo inventar cualquier ficción, decir por ejemplo que el otro habla desde la testarudez, que seguramente trae algo en contra, que no existe otra intención sino sólo la de fastidiar. Cualquier cosa con tal de no mirarnos en nuestro error, de no sabernos vulnerables ante los demás. Después de todo –pensamos– ¿quién es el otro para señalarnos?

Pero los otros somos nosotros mismos.

Quizá el día que tomemos conciencia de la unidad que somos (lejos de nuestras individualidades, diferencias o intereses personales) entenderemos que la esencia de la vida descansa, a la larga, en nuestras relaciones.

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Un comentario en “Intransigencia

  1. Aracelly dijo:

    Ciertamente no todas las opiniones tienen un trasfondo agresivo o pesimista, aunque parezca que la crítica en nuestro contexto en vez de construir va hacia el camino contrario. Los extremos siempre resultan ser los menos objetivos. Por otro lado, igual a mi me ha tocado ver como algunas personas se ofenden y reaccionan a la defensiva por obtener un dictamen no tan favorable, no logran verlo como un espacio de desarrollo. Creo que son importantes esas lecturas críticas y razonadas que enriquezcan nuestro trabajo, con frecuencia se pide respeto, pero en ocasiones es demasiada la susceptibilidad.

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