Políticos groupies


Pareciera que una característica del nuevo siglo ha sido la banalización ocurrida en los diferentes ámbitos de nuestra vida. Desde la personal, pasando por lo familiar o lo académico, hasta lo social, específicamente en lo político.

Felipe Carrillo Puerto, por ejemplo, moriría de un infarto fulminante al ver a las nuevas generaciones de políticos alejándose cada vez más de los ciudadanos para acercarse al glamour.

No deja de ser paradójico: nuestro contexto histórico requiere de una organización más eficaz, de una representación mucho más seria e inteligente. En cambio los políticos de hoy inician una carrera sustentada sobre todo en la simulación, en la colección de fotos que presumen en cualquier red social como el facebook, donde aparecen junto a cualquier celebridad política (de preferencia pez gordo), o de perdido, con algún artista.

Desde la militancia irracional, hasta los cuadros activos, es evidente, al menos aquí en Yucatán, que existe un desinterés por forjar una carrera política sólida que pueda contribuir al desarrollo de la sociedad. Son contados los que en algunos partidos se muestran congruentes. La mayoría anda más bien rindiéndose un culto desmesurado. El yo, mí, me, conmigo, a todo lo que da.

Algo es cierto, la alternancia política en el 2000 dictó la nueva manera de hacer campaña. Se dejaron atrás los mítines en las plazas públicas para dar paso a capsulas televisivas, a mantas con eslóganes llamativos, a extrañas páginas por internet. Insisto, es algo paradójico, porque se apostó por llegarle a las masas pero prescindiendo de ellas. Y eso, “no es de dios”.

La nueva perspectiva imperó: los votantes como consumidores perfectos. Así que la tarea principal de cada partido (visto, desde luego, como una empresa familiar) era la de vender: vender la imagen del candidato, sus frases, sus colores, su carisma, absolutamente todo lo que el elector pueda consumir.

Es así que ahora la nueva horda de políticos, algunos diputados, otros senadores, van siempre acompañados de un fiel escudero: el fotógrafo personal. Y todo el día van de evento en evento, a la luz del flash: si saluda a alguien, foto; si mira al cielo, foto; si hace un gesto, foto; y estoy seguro de que en todo momento, foto, foto…

Lo risible: aquellos que aún comienzan y no tienen para pagar a un escudero. A ellos les basta con una cámara personal o la que trae el mismo celular. Allá van, autodocumentándose, con la sonrisa típica del facebook, llevando el puntual registro fotográfico de todo lo que hacen “en pos de la democracia”.

Esa actitud flagrantemente permitida por las dirigencias de los partidos políticos se proyecta desde luego en nuestra realidad empantanada donde cada vez más hay menos identificación con los candidatos y desde luego con los partidos. De ahí que miles de jóvenes desestimen todo lo que tenga que ver con política.

Para bien o para mal nuestra forma de organización es esta. En la medida que nos desentendemos y somos indiferentes contribuimos al deterioro de la sociedad. Estar al tanto de nuestra democracia no significa que sigamos siendo consumidores empedernidos de todo lo que ofrecen los partidos.

Por el contrario tenemos que ser, como electores, más analíticos y activos en decir, en señalar lo que está fuera de lugar.

Porque no sé usted, pero ya tanta payasada cansa.

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