Tres versiones de la infamia


Tregua

Hubo un insólito pero común acuerdo. Más que naciones enemigas lo cierto era que había diferencias irreconciliables entre ambas, así como sucede entre la noche y el día, el agua y el aceite, ejemplos tan recurridos por ser los más evidentes, claro está. Resulta paradójico: hablan la misma lengua, tienen banderas con los mismos colores (aunque dispuestos en franjas distintas), comparten apellidos e historia, y hasta en alguna ocasión alguien dijo que los presidentes de ambas naciones tenían algún tipo de parentesco, cosa que ningún genealogista se atrevió a comprobar para no ser acusado de alta traición a la patria, loco sin remedio, o chivo expiatorio de alguna teoría unificadora, como aquella que aseguraba que las dos naciones eran una sola. El caso es que la chivaluna que compartían los presidentes en el cachete izquierdo, desviaba la mirada del 99.9% de ambas poblaciones. Aun así mantenían una guerra fratricida y sin sentido.

Y llegaron a un insólito pero común acuerdo: fingir tranquilidad, sobra decir, más por decoro ante la opinión internacional que por tranquilidad misma, inscribiéndose de esta forma a lo que el resto de las naciones democráticas en el mundo llaman paz mundial.

 

Duelo y vino tinto

En el sepelio sirvieron canapés de atún y zarzamora con salmón espolvoreado. Era, desde luego, el entremés predilecto del hijo más querido de la señora Swap, viandas que por cierto, sólo un paladar bien educado podía comprender. La nota necrológica aparecida en todos los diarios de la nación ocupó las coloridas páginas centrales no una sino varias semanas consecutivas. Imagine –si su atención lo permite– los retratos de aquel burgués en las poses más ortodoxas: aquí con una copa de Martini, allá enfundando en un chaleco de rombos rosas y con la mirada perdida en el hoyo catorce acompañado de su fiel caddie; acullá en la elegante mesa de un restaurant parisino a donde la señora Swap lo llevó para probar el foie gras en su cumpleaños número cinco. Precisamente en aquel convivio conoció el germen de su perdición.

Desde luego que no cualquier amanuense o redactor iba a escribir la nota necrológica de quien cuyo nombre y apellido figuran incluso en las actas reales del registro civil. Se convocó a los sonetistas más leídos, a los prosistas más excelsos para redactar y llevar a efecto la nota necrológica más literaria posible. Y bueno, como sabemos, todos querían agradar a la señora Swap.

El gato, sobra decirlo, murió de alcoholismo.

 

El acechador

Pasábamos buen tiempo juntos. Un paraíso sus besos, las ocurrencias, y hasta los arrebatos que solíamos escenificar para divertirnos. Todo cambió abruptamente el día que apareció un viejo conocido suyo, un ser sombrío, extraño y demasiado misterioso que, por si fuera poco, usaba un sobretodo para cubrir su pequeña corpulencia, dándole un aire todavía más sobrenatural. Desde entonces nunca estuvimos solos. Pero lo más inverosímil no era su permanente presencia sino que comenzara a seguirme a todos lados. Muchas ocasiones sentí su mirada fisgona mientras caminaba hacia al trabajo, o me paseaba por los pasillos de una tienda. Más de una ocasión traté de confrontarlo, pero al voltear, apenas alcanzaba a ver una mínima parte de su pequeña gabardina escabulléndose en cualquier recodo o zaguán de la ciudad.

El acabose: un día lo encontré apoyado plácidamente en el hombro de la mujer que creí amar. La locura se apoderó de mí como nunca antes. Misterioso pero no idiota, el extraño ser huyó despavorido seguido por ella quien inexplicablemente insistía en protegerlo. Sobra decir que todo termino allí. O al menos eso pensé, porque hay días y noches enteras donde aún siento la mirada espinosa de mi acechador, su tenebrosa y siniestra presencia.

Y tiemblo. Tiemblo.

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