Seis estaciones de la rabia


Uno

Shakira… Miro su silueta desbordante en un gran espectacular. En las redes sociales hay mensajes publicitarios que sorpresivamente aparecen de la nada: “¿Ya tienes tu boleto para el concierto?”, cuestiona uno. En la televisión, un video: es Shakira. Shakira con el pelo rubio, Shakira con el pelo negro, y a la siguiente escena, es ella de nuevo retorciéndose dadivosa sobre un tubo. Pobre muchacha triste, pienso. Aunque a decir verdad, siempre se ve contenta. Hace una década quizá, la colombiana lucía una greña despeinada, una guitarra al hombro, y escribía  canciones con cierto trasfondo de protesta. ¿Dónde están los ladrones?, se preguntaba en alguna. Era entonces “cantautora” o al menos eso creimos. Pero se banalizó: de un día para otro apareció con nueva imagen, color de pelo, novios famosos, cantando en inglés y moviendo las caderas de un lado para otro. Ahora canta “Rabiosa, rabiosa… yo soy rabiosa” con un ritmo que contagia, que embrutece no a cualquiera, sino a miles.

No a cualquiera, sino a miles

No a cualquiera, sino a miles

 Dos

La putiza en la glorieta. ¿Que si sé algo? “No, me entero ahora mismo”, respondo extrañado. “¿Viste los videos, viste la madriza?”Siguen las preguntas… Reviso la información y no dejo de pensar, incrédulo, si a estas alturas de nuestra historia democrática todavía persisten grupos de choque y prácticas salvajes. Ciertamente los hay. Ahora lo sé. El escenario fue perfecto (¿para quién, para quiénes?): por una lado los manifestantes estigmatizados como provocadores; por otro, los provocados, bestias paleolíticas. Pero, detrás de la gresca ¿quién, quiénes? Como sea, y desde donde sea, lo que sucedió representa un retroceso infame, enorme y abismal, para la sociedad yucateca que luego de un día despertó polarizada, incrédula a rabiar.

Tres

Menos del 50% del electorado votó en los comicios del pasado 3 de julio en varios estados de la República. Hay evidente desconfianza en el electorado que, a la par de sus necesidades cotidianas, convive con escenas de horror que van desde encontrarse con un tráiler en llamas a la mitad de la calle, hasta descubrir que en la acera de enfrente abandonaron un par de cuerpos decapitados. Eso en Michoacán, en Monterrey, en muchas ciudades. No obstante el horror también existe lejos de esa guerra contra el narco: en la mezquindad de los burócratas, en la antipatía de algunos doctores que tratan a sus pacientes como objetos, o en el rumor mal intencionado de algunos. ¿Quién no ha tenido ganas de gritar de rabia ante tales situaciones? Y sin embargo, la rabia contendida sigue ahí, fermentando.

Cuatro

La enésima alza. Junto a la bomba de gasolina enciendo el vehículo y la aguja del medidor apenas sube a la primera raya. La misma cara de desconcierto en otros automovilistas. Algunos compartimos miradas de indignación. Otros todavía son renuentes a ponerse el cinturón de seguridad. Los cambios siempre son así, incomodan y nos resistimos. Pero el uso del cinturón, que por sentido común debe ser utilizado para cuidarnos, es hoy una obligación. ¿Sólo así entendemos? Pareciera que necesitamos vivir recibiendo órdenes como si fuéramos soldados. Soldados del trabajo, soldados de los prejuicios, de la cultura… de los partidos.  Sintonizo la radio para despejarme; es Shakira de nuevo: “Rabiosa, rabiosa…  yo soy rabiosa”.

Vivir recibiendo órdenes

Vivir recibiendo órdenes

Cinco

A las diez y cuarto de su rabia aquella mujer muestra una vez más (enésima) su verdadero rostro, el mismo que ninguna cirugía plástica –ni nada– podrá ocultar. A través de los medios nos convertimos en mudos testigos de los dimes y diretes entre Elba y funcionarios del gobierno federal. Promesas incumplidas. La desfachatez y el cinismo no tienen parangón. Frente a nuestras narices exhiben sin decoro los acuerdos propios de la política infame, esa de acuerdos en los oscuro y que tanto nos ha jodido y que por alguna sinrazón insistimos en perpetuar.

Seis

Buen futbol el de la Sub 17. Miro la final al mismo tiempo que pienso en el asesinato de Facundo Cabral y tecleo mi incredulidad. Todo sucede en un mismo instante. Somos la frustración de cualquier guardameta al no poder atajar un tiro a la portería, somos la resignación con los puños cerrados sobre el campo. O bien sobre un teclado.

O sobre la rabia.

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