¿De qué estamos realmente hasta la madre?


Una conocida se quejó días atrás de que sus vecinos no dejaban de hacer ruido: música a todo volumen, barullo a altas horas de la noche, fiesta porque sí. Seguramente todos tenemos esta clase de “dulces compañías” cerca de nosotros. Parece que por más que intentemos llevar una relación civilizada es imposible. Alegaba la misma persona que tampoco existe un instrumento legal que pueda exigir un comportamiento más congruente entre los ciudadanos, una herramienta que garantice la preocupación por el otro. Estoy de acuerdo, y sólo puedo creer que todo esto se debe a que no comprendimos el valor de nuestra libertad.

Esa libertad por la que tanto se luchó ahora parece condenarnos. En su nombre se cometen terribles atropellos e iniquidades. Libertad mal entendida que ha derivado en un hedonismo irresponsable: cada quién haciendo lo que quiere sin interesarse ni pensar en los demás. (La música a todo volumen sin importar que el vecino requiera de calma, es apenas uno de tantos ejemplos) ¿Será posible lograr un sano convivio sin que la indiferencia hacia el otro origine conflictos? No hago esta pregunta por retórica.

La vida acontece precisamente en nuestras relaciones sociales. La vida es eso, nuestra comunicación con los demás, la interacción. Y sin embargo negamos al otro, a los demás, y anteponemos siempre nuestros intereses fingiendo que somos islas, que vivimos en una isla, que morimos en una isla. No apostamos por la comunión.

Temo que estemos transitando hacia una etapa de destrucción muy severa, cuestión que, por cierto, debiera ponernos en alerta, ya que estos conflictos en las bases de la sociedad son los que generan guerras civiles, justifican dictaduras y actos de terrorismo. No exagero. El encono entre la población es el mejor aliciente para que los estados totalitarios justifiquen la imposición del orden público. Todas las dictaduras que han existido, bajo la premisa de “orden”, han establecido las medidas más represivas. ¿En verdad esperamos perder nuestra libertad para valorarla? ¿Ha fallado el régimen democrático, o son las sociedades democráticas quienes no hemos encontrado la mejor forma de vivir en libertad?

Lejos de respondernos sólo veo desidia. Veo el trato mezquino de algunos médicos y enfermeras. Veo como el chisme, perpetrado desde la mezquindad, derrumba cualquier iniciativa. Veo el enojo de los cajeros en los supermercados, la malicia del policía de crucero, la indiferencia de algún empleado de gobierno. Hoy más que nunca pesa la burocracia, el mal gobierno, el aprovechamiento de algunos cuantos, la vileza de muchos, el amiguismo y la gandallez. Hay días en que las caras terriblemente largas de algunas personas me dan ganas de no salir de casa.

Veo el cobro injustificado por servicios telefónicos que no solicitamos; la espera interminable con el auricular al hombro para reportar una falla de electricidad. Veo de nueva cuenta el chisme que brota en un jardín o en la esquina de un escritorio. El olor a lavanda de un sacerdote que niega confesar a sus feligreses. Y veo también millones de peatones escondidos entre la música de sus audífonos, con las miradas perdidas, fingiendo estar en una ciudad desierta, en una isla. Hay artistas fingiendo demencia ante una realidad devastadora, y que a la par de su genialidad creativa, esconden un odio por la humanidad. Me veo también perdiendo la paciencia y el encanto.

Sumado a los despidos injustificados, al juego sucio de los partidos políticos, a la necedad del presidente, a las miles de muertes por el narcotráfico y a las fosas clandestinas de nuestros sueños pareciera que no hay salida posible. Como si no estuviéramos realmente hasta  la madre de todo esto.

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