Homenaje a D. Alfred Wegener


(Con una referencia metafísica

a un can de Ciudad Guzmán)

Al pie de esta península

A la luz de su silencio la vida se vuelve un poco más insoportable. Me quedaré aquí, sobre un cratón vagabundo, navegando con una desilusión a cuestas y el deseo a punto de romperse. De bruces a la orilla de este continente –qué digo continente– al pie de esta península, echo mi pata izquierda al vasto océano como remo inútil. Llevado por la inercia elemental de las grandes cosas o los acontecimientos más intensos, visiblemente conmocionado, caigo en la cuenta de que sin ella soy un lomo de lija a la deriva.

Hablo con absoluta seriedad cuando digo que más de una noche me sorprendí aullándole viejas elegías al insomnio. Que por lo menos tres veces me entregué con entera cabalidad a las brigadas sanitarias con el afán de terminar en definitiva con mi penar absurdo, y que al menos en una ocasión, igualmente de manera infructuosa, me puse pecho tierra ante el vaivén estrepitoso de los vehículos suicidas. Nada me fue concedido. Nadie tampoco se apiadó de mí. Ni un lástima siquiera, ni un “ay, pobre”. A veces dudo que el destino lo escribamos, como dicen por ahí, a cada instante. Y sin embargo…

A casi treinta años humanos (hágase el consecuente cambio de divisas en tiempos caninos) uno ya no está para estos actos de inaudita y expresa índole circense. Malabarista de sueños, escapista del destino, andariego de la cuerda floja, ¿alguien se ha puesto a pensar en lo difícil que es caminar sobre una cuerda en cuatro patas? Y sin embargo, no lo digo con certeza, pero era necesaria esa distancia. Sólo a raíz de la lúgubre soledad de estos últimos días, ahí de bruces, con la pata izquierda echada al mar de la incertidumbre, supe que si mi condena era ella, entonces habría de ser un condenado feliz.

Y bueno, reencontrarla fue como respirar de nuevo, fue esta letra, esta palabra, este enunciado y luego otro. El mundo cambia, ciertamente, sólo “si dos se miran y se reconocen”. No comprendo en verdad qué piensan aquellos que ostentan sobre sus caparazones, o mejor dicho, sobre sus pechos inmisericordes, un cartel con las etiquetas de “poeta” o “escritor”, cuando lo único que buscan es la satisfacción de sus espaciosos egos, es decir, el aplauso tumultuoso de algún otro que, si es que no ha sido abrazado por el miedo, tiene por destino aplaudir al infinito. Si algo sobra en este mundo, además de tanto político canalla, es esta horda de lenones sin escrúpulos.

Por eso algunas veces, por divertirme, levanto una de mis patas traseras cuando desfilan solemnes y meditabundos o con el pecho de plomo a punto de reventar, pero sólo es por cumplir mi consabida labor de irreverencia. Lo mío es esto que de nueva cuenta me ha traído aquí, a este instante, de bruces siempre y a la orilla de un cratón vagabundo, panga o pangea, pero ahora con la pata derecha metida como remo inútil en el vasto océano, porque con la izquierda, de nueva cuenta escribo.

Al pie de esta península que no deja de moverse, me quedo siempre aquí, condenado y de por vida, aún cuando el calor hilvane una cadena de locuras, o un témpano de hielo furtivo me conduzca sin quererlo hacia mi anhelada muerte. Escribiendo, escribiendo…

Publicado en “Replicante“, mayo 2011

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