El sombrero de los abuelos


He dejado de esperar. Y el sol refuerza la alegoría del vivir. Y bueno, el calor. Tenía una imagen grabada producto de la imaginación: la de mi abuelo Manuel Loría a la orilla de la carretera. El sol que avanza y se detiene. El sol que regurgita y arranca. El sol que se aleja. Pero decía: la imagen de mi abuelo materno después de las labores del campo, del contacto ancestral con la tierra. Pienso en la identidad. Pienso en la vida que se va en días terriblemente gastados. Mi abuelo en la orilla de la carretera y yo, frente a la ventana del auto recordando mientras las historias de mi padre al volante. Y la sonrisa de mi madre que pienso, es la primavera comenzando en abril. Escribí un poema a mi madre donde hablaba de sus ojos verdes: “Esas manos blandas / mezclan el agua con la leche entre ímpetu de bostezos /mientras su mirada verde me recuerda / un bosque de cantinelas”. Abuelo muerto, abuelo Manuel como yo, antes de todo. Y lo veo nuevamente, con la sonrisa iluminando su rostro. El sombrero de huano resistiendo el calor, la luz del sol de mi infancia hoy un pasado remoto. Es que yo recuerdo la mitad de su dedo en mis costillas arrancándome las últimas sonrisas. Abuelo de la infancia. Abuelo de la testarudez que ahora anhelo. Un abuelo hermano, un abuelo amigo. Y yo recuerdo su sombrero este domingo del mes más tan cruel, abril –insisto– la primavera.

Amor, es tarde para decirte que mi vocación no es distinta a la del fuego. No es mi voluntad la ceniza sino que arde el sitio donde miro; será el sol y su voluntad de llama, será la tristeza pero nada en mí es final sino comienzo. Aquí mis ojos, rescoldo de la incertidumbre, un sombrero dejado a la deriva. Hace tanto que yo sueño con palabras que den vida a lo que pienso, un poco de miel en la leche que mi madre mezcló en las mañanas tristes de mi infancia, alegres, porque tampoco lo reniego. Aquí, ahora, memoria de lo innombrable, mi lengua más que sospecha es provocación. Porque convoco al silencio alta es mi condena, condena de las noches efímeras y de los instantes que no detengo porque es inútil contenerlo todo, contener nada. Abuelo: en tus manos revierto la soledad de los siglos y las pequeñas cosas.

Mi padre: “Sólo es pensarte, Viejo/ un poco más con el ansia de decirte hoy no te vayas”. Comeremos de algo más que el recuerdo. Tú hablas y el viento se detiene brusco. Hablas también del sombrero del abuelo, de mi otro abuelo, Manuel como mis manos. Manuel Tejada, tu padre muerto, tu padre desconocido. Yo no tengo un recuerdo pero sí un sombrero que la tarde vistió para acompañarlo en sus largas caminatas (como él) por las calles de Mérida. Y la ciudad es un destello que pocas veces queremos ver porque hay hambre. Padre del dolor, padre de las veinticuatro horas, si yo pudiera escribir en tu mirada “siempre”, si yo pudiera detener mi escritura cada segundo.

Addenda

Y mañana estaremos padre y madre en la misma mesa, junto a mis hermanos, en el silencio cotidiando de la nada, en la complicidad. Un sombrero en el silencio de la prisa. Un silencio en el silencio de la nada.

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