Los disfraces del vacio


La historia (verídica, por cierto) iba más o menos así: era un pastor de una de esas nuevas religiones (tomando en cuenta que la católica tiene milenios), bien vestidito, con la corbata acorde al color del pantalón, la camisa almidonada, el zapato brilloso como el cabello escrupulosamente peinado con brillantina. Imagino que olía como suelen oler todos los sacerdotes y aspirantes a santos, con ese aroma a lavanda tan envolvente que asfixia. Pues bien, retrasado precisamente por el meticuloso cuidado de su persona, con el reloj a cuestas tomó su biblia y salió corriendo en busca de un taxi. Ya en el auto agradeció al chofer el haberse detenido y le expresó la urgencia de llegar a su templo donde además sería el orador principal. A pesar de que la tarde terminaba, el calor aún hacía sentir su flagelo. Con la frente perlada, aquel hombre visiblemente abochornado preguntó al taxista si podía encender el aire acondicionado, pero el conductor alegó un desperfecto. Continuaron en silencio.

No habían recorrido los primeros cinco kilómetros cuando el pastor comenzó a conversar sobre las bondades de su religión y a realizar, con un aire de autoridad, todo tipo de cuestionamientos. El chofer, acostumbrado a sortear a todas las personas que suben a su vehículo, esquivó cada una de las preguntas que el pastor inquirió durante su solemne perorata. Incluso hasta aceptó darle su dirección para que le llevara unos folletos que podrían interesarle. Desde luego, conocedor de la ciudad, el taxista proporcionó una dirección falsa para no contradecirlo. El pasajero se veía satisfecho. Inclusive leyó en voz alta unos fragmentos de la biblia que hablaba sobre la belleza de la vida y la complejidad del mundo.

A pocos minutos de llegar a su destino, contrariado quizá por el tráfico o la prisa, el pastor lanzó un insulto a una conductora que repentinamente se detuvo. Después siguió insultando a otros conductores también enfrascados en el tráfico. Y comenzó a quejarse con el chofer del taxi de lo mal que estaban las calles de la ciudad. En seguida se fue contra los camioneros. De no ser porque llegaron por fin al templo, hubiera hecho una radiografía puntual del infortunio, y muchos no se hubieras salvado…

Hombres y mujeres mueven sus caderas al unísono. Es el carnaval con sus disfraces y la gente alzando las manos, pidiendo litros de cerveza, viviendo un domingo más en pleno martes. Es día también de la mujer, algunas flores adornan las manos de algunas muchachas, hay besos y palabras bonitas para ellas. Los afiliados al facebook y al twitter también hacen lo suyo, mensajes verdaderamente emotivos pero tan gastados de repetirse, de retuitearse. Los políticos no dejan ir el momento, se muestran comprensivos pero sobre todo comprometidos con “esa cuestión de la igualdad de género”.

Alguien estará odiando en este mismo instante, acertando un golpe, planificando una calumnia. Hay un niño que encadenado de los pies va dando de brincos por la calle, una mujer que le grita a otra, y un empujón que alguien le proporciona a su hermana, a su padre, a sus abuelos. Y también una felicitación multiplicada por el hecho de ser mujer, palabras halagadoras, tan emotivas y bien delineadas… Sólo misoginia disfrazada de ternura.

Desde el pódium aquel hombre de brillosa cabellera también estará hablando de virtud, fe y buena voluntad ante decenas de feligreses. Apenas logra disfrazar el odio que siente, el espanto. Su vacío.

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