¿Dónde habita el olvido?


¡Déme una pastilla para olvidar!

Un hombre llega con el psiquiatra visiblemente consternado, le tiembla el pie, la mandíbula, los párpados, una cosa terrible. Cualquiera diría que este pobre hombre tiene mal de sambito, que le hicieron magia negra, que le dio un mal aire. Pero decía: un hombre llega con el psiquiatra y le dice con voz recia, casi amenazando, al borde de la histeria, pues: “¡Déme una pastilla para olvidar!”. Pero el psiquiatra, un tipo sereno y nada divertido, sólo sonríe… sonríe.

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¿Por qué bebes, compadre? le dice un parroquiano a otro en el rincón de una cantina llamada “Siempre es lunes”. Pero el compadre no habla, sólo apura el trago, y luego otro, y otro… “Nomás no olvide tanto, compa, nomás no olvide tanto”.

 

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Una tarde de toros en la Plaza México, domingo. La despedida de El Pana, el puro echando humos en la boca, el paso silábico, un pedazo de pan en la zurda y el vino tinto en la otra. Va el siguiente astado. La montera para arriba, permiso al juez y luego la dedicatoria en las bocinas del ruedo. Todos escuchan atentos: “quiero dedicar este toro, a todas las putas, suripantas, meretrices y falenas, que en las noches gélidas de mi vida, me dieron cobijo en su entrepierna, una cadera para reposar mi alma”. El Pana con sus décadas y arrugas pegadas a los huesos, con la voz entrecortada y el capote acurrucado entre sus débiles brazos, recuerda.

Ellas que me dieron cobijo en su entrepierna, una cadera para reposar mi alma

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“La cama, el espejo, el corazón, todo se queda vacío”, dijo el poeta español. Pero el psiquiatra, detrás de su tupida barba, no deja de sonreír.

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Mi madrecita y sus cabellos blancos, su delicado rostro y sus ojitos cerrados, en un lejano sueño. Aquí, en esta funeraria velamos a mi madrecita, aquí le rezamos rosarios de lágrimas y le encendimos más de una vela para que ilumine su camino. Hay una calle por la que no me atrevo pasar. Es ésta.

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“Déjate de mamadas y lee esto, para que hagas literatura de verdad” sentenció el Poeta cuyo don de la omnipresencia era su mayor virtud. “Literatura de verdad”, espetó oculto tras el encono de los años y la inocente soberbia. Era en el fondo un esbozo del mayor de sus miedos: estar al mismo tiempo en todas como en ninguna parte.

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Era Secretario de Gobernación en ese entonces. Sentado en su despacho miraba el calendario sobre el escritorio: el segundo día de un mes tan cruel dedicado al obispo y mártir San Leodegario, una fecha cualquiera hasta ese instante. Miraba el calendario como ahora, cuarenta años después, pero él postrado en una cama, con la mascarilla de oxígeno cubriéndole la cara y el corazón agitado, mientras afuera los gritos, la bulla, la memoria: “`¡2 de octubre no se olvida!”.

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La risa. El olvido. La risa.

 

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