Toma de nota


La ansiedad desbordada del que nunca se supo último beso. La hora que cedió su turno a las caricias. Los sueños que brotaron en la humedad del fuego. El ronroneo visceral y una lengua purificadora. Las risas frente al mar de lo más simple. El corte imperfecto de una rebanada de pan. El vino en la comisura del espanto. Las rosas que en espiral anunciaron el regreso, pero también el último adiós. La tarde que nos miró escondidos en interminables pláticas sin hilo. Siempre la risa. La risa. Siempre la risa. La  noche cuando el mundo nos conmovió con sus abrojos. Las lágrimas y el miedo a la sangre. Las lunas que velaron nuestros contados descansos. Las lunas de mis ojos siempre en vela mientras soñaste. Y también, porque nunca estuvimos solos, la diástole sincronizada de millones de corazones agitados por la impaciencia. El reloj en una sala de urgencias que en vez de segundos marcó siglos enteros. La onda fría que cualquier tarde se estacionó sobre la península regalándonos temblores. Y castañuelas en los dientes. Y escalofríos en el alma. En las bancas de los parques todavía suceden pláticas que no saben cuándo serán robadas por la co-bar-dí-a. Hay sábanas, mesas de café, butacas en el cine, que nada saben –ni tampoco suponen– pero persisten en su estoica misión de contubernio con la vía láctea. Un par de parejas que se felicitan sin importar el cómo ni el qué dirán, porque el beso es lo único posible. Esa ansiedad desbordada del que nunca se supo último encanto. La extraña moción de un legislador en la Asamblea. Los cientos de manos que se elevaron por el SI, o bien, el NO rotundo del Ejecutivo para cambiar cualquier estrategia y apostar siempre y sin razón por la violencia. La violencia que sólo genera más violencia. Una llovizna de balas cierra la tarde con brisa de pólvora que el viento pronto diluirá. El  que sin nombre se tambalea mientras una esquirla se abre paso entre su carne. Y luego otra. Y otra. Una parcela donde en vez de frutos brotaron cabezas, piernas, manos cercenadas. La mirada cómplice de una pareja en una fiesta familiar.

Once I wanted to be...

Por las calles de diciembre corre un emotivo adiós y cientos de manos que se despiden sin saber. La lúdica obscenidad mal entendida y la incomprensible negación originada siempre por el miedo. El miedo. Siempre el miedo. Un velador que a media madrugada se cansa de vigilar la oscuridad. Una meretriz que en la espera descubre una várice que la deja acongojada de tristeza. El lloriqueo encandilado de un niño que tiene la barriga llena de fastidio. El canto de una sirena que aprendió a caminar. La desesperación detrás de la apariencia. La desesperación detrás de una risa maquillada. La desesperación detrás de la ilusión en turno. La necesidad de huir. En el último mes del año hay noches tan largas que parecen desiertos a la deriva. El beso de la muerte –lo único posible– es una permanencia en el aire. Hay una nueva cicatriz en el dorso de mi mano derecha. Y las mismas terribles ganas de vivir sin disimulo bajo el brazo izquierdo.

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