Mientras espero


Sábado por la noche. Coctel. Misma escena en diferentes escenarios, mismos rostros quizás, mismas pláticas. Una mujer de altísimos tacones se aferra al antebrazo de su acompañante, supongo escritor como sus anteriores parejas. Risas, cachondeo, conversaciones estridentes y aglutinadas de un versátil glosario intelectual. Aquí no se dialoga sino se intercambian a destajo citas, epígrafes, frases que “enchinan” la piel; o será el alcohol, o será el cigarro, o será la luna y el tabaco que se mezclan con los últimos días del 2010. Hace algo de viento y parezco despertar de pronto en medio del jolgorio.

Frente a mí, alguien no deja de hablar sobre la suerte de las feas y la edición de su nuevo libro. Ya no sé si estoy en una terraza, en un jardín o en algún lugar fuera de la ciudad, hay conversaciones que uno cree escuchar una y mil veces. Pienso más bien –para distraerme– en los próximos días de descanso que vendrán con algo de silencio. Esta certeza, la del próximo descanso, es suficiente para tolerar una hora más cualquier arrogancia. Como dijera el escritor Carlos Martín Briceño, hay cosas que uno hace para procurarse el sustento; lo otro, escribir, es el trabajo verdadero.

Me pierdo en las figuras que se dibujan en los labios de una dama parlanchina, como del mismo modo, años atrás, me perdía en los de una chica que un día apareció así, sin más, y nos dijimos “hola” y fuimos afines en lo que para nosotros era algo más que convicción. Entonces en verdad éramos muy jóvenes, y yo solía usar unas sandalias y unos jeans tan deslavados como mi alma. Y lejos del fervor juvenil había en nosotros un algo de voluntad que nos hacía citarnos clandestinamente a altas horas de la madrugada en el café La Habana de la 59, a donde llegaba después de salir del trabajo en el periódico, con las noticias y el cansancio todavía pegados a los codos.

Y ahí, entre Julietas elegantes que esperaban entre café y café a sus Romeos prometidos, intercambiábamos lecturas, y comentábamos toda clase de noticias tratando de develar tantos misterios que se contraponen en los medios. Y bueno –quizá ahora peco de indiscreción– pero nos gustaba llamarnos por nuestros sobrenombres; ella era “Flora” (supongo que por Tristán, nunca le pregunté), mientras que a mí me decían “Fredrich” (omito explicaciones), aunque ella, cuando estábamos solos, siempre me decía con un cariño que no puedo describir, “Tejón”.

Desde la mesa número seis de aquel céntrico café que se había convertido en nuestro bunker, con el espíritu arielista que tanto nos revitalizaba, nos propusimos intentar una transformación poco ortodoxa. Y lejos de las trilladas acciones que para entonces pululaban en las calles motivadas más por un ego incomprendido, iniciamos la difícil tarea. Más compañeros se unieron a las tertulias y también emprendieron la causa desde otros frentes. Fue en ese tiempo que comencé a publicar en el mismo rotativo donde trabajaba como editor, mientras que ella, del mismo modo, hizo lo suyo. Sin entrar en detalles (por razones obvias) las cosas sucedieron de manera congruente hasta que un infiltrado en el grupo cambió el panorama.

Se hacía llamar “Lucio” (supongo que por Cabañas) y nunca reparamos en su verdadera identidad e intención (aunque ya creo saber de quién se trata). Cuando Flora y yo nos dimos cuenta era demasiado tarde. En nosotros ya crecía algo de mutua desconfianza, y nuestro último acuerdo fue cambiar la estrategia y terminar en definitiva con nuestras reuniones, y desde luego con la relación. Ella se fue a México, mientras que yo encontré un nuevo sustento.

Tiempo después, estoy seguro que nadie en esta fiesta (ya sobre el domingo) se ha de interesar en nada que no sea ellos mismos, me lo advierten sus constantes “mis”, yoes” y “conmigos” utilizados durante sus megalómanas pláticas, me lo dice también esta damita parlanchina que nunca dejó de hablar sobre no sé qué.

Si “Flora” estuviera aquí seguramente nos entenderíamos sin mediar palabra alguna, porque así fue nuestra conexión. Y no es hasta este instante, cuando recuerdo y escribo todo esto, que tomo conciencia de que “Flora” siempre fue fiel a sus convicciones, y que difícilmente debe conocer otra manera de relacionarse sino sólo a través de esa guerra de guerrillas que caracteriza su sedición: amar intensamente y por sorpresa, para luego esconderse, con la misma rapidez con que atacó, en la salobre espesura de la selva.

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