Esas nubes tan ceniza del domingo


Regreso a casa. A las 3:35 de la tarde la imagen de Raúl Cáceres Carenzo se desvaneció en el túnel de abordaje de la terminal aérea cargando su morral milenario de sueños e ideas tantas. Lento su caminar. Pesados sus pasos y sus palabras. En aquel morral al hombro, tejido de henequén y vida, lleva también la revista “Camino Blanco” que el Instituto de Cultura de Yucatán le ha dedicado, y que el sábado 6 de noviembre fue presentada en la Biblioteca Manuel Cepeda Peraza.

Con el sol ausente y las nubes derramadas de ceniza recorro la Avenida Internacional con las imágenes aún frescas de los últimos días. Un domingo apacible como pocos, apenas un convoy de patrullas federales irrumpe la calma, pero todo lo demás es vida y recuerdos. Todavía el jueves último Cáceres Carenzo regresó a Halachó para presentar el libro “El canto de la tierra”.

En los bajos del Palacio Municipal la voz del poeta irrumpió la noche halachoense. El público, atento, paladeó cada verso y respondió con aplausos. La sonrisa de Raúl no podía ser más genuina. Lo vi, lo vimos todos convertirse en niño, en alux, en canto sin disimulo. Pese a la larga jornada Raúl se dio el tiempo para platicar con sus coterráneos que al final del evento se acercaron a él, ya sea para pedir una dedicatoria para el libro presentado, o bien para sólo estrechar su mano… Raúl nada sabe del cansancio ni de la prisa, por el contrario, en él sólo paciencia y corazón.

Ahora lo recuerdo todo. Ahora mientras regreso a casa lo vuelvo a ver una vez más llegando al café para encontrarse con sus amigos yucatecos, para intercambiar libros, revistas, proyectos. La agenda del poeta es ardua y por momentos delirante, pero no se raja, y allí está, yendo de un lado a otro con su morral a cuestas.

Además del Centenario de la Revolución este 2010 se conmemoran los 100 años del natalicio de un notable escritor cubano, José Lezama Lima. Se le rindió por lo mismo un homenaje organizado por la Subdirección General de Literatura y Promoción Editorial en la Biblioteca Manuel Cepeda Peraza, y ahí, Cáceres Carenzo, también estuvo compartiendo la mesa con el poeta quintanarroense Javier España y con el exiliado Jorge Pech Casanova en voz de Jorge Cortés Ancona. Pech se sumó al homenaje enviando un texto desde Oaxaca.

Es que lo que nos une –dice Cortés– es esta pasión por Lezama. Cáceres leyó un fragmento del poema de Saint-John Perse traducido por el poeta cubano. La fiesta de la poesía pero también de la reflexión: “¿Por qué no leen a Lezama?, espetó Raúl Cáceres Carenzo al público asistente. Y entonces el diálogo.

…Y el sábado. Algunas nubes impidieron el lastimante calor del mediodía. Bondades de noviembre. Con el traje gris de corte largo y pechera incluida –atuendo que caracteriza a Cáceres Carenzo– arribó al sitio de la presentación de la revista que le fue dedicada. Ahí, en la Cepeda Peraza, de nueva cuenta, los hermanos España, el poeta José Díaz Cervera y el Director del ICY, Renán Guillermo González, quien personalmente recibió al poeta.

Roldán Peniche Barrera elogió las crónicas del poeta halachoense referentes al mítico café “La Habana” de la Ciudad de México, y sobre los nacimientos que el poeta tabasqueño Pellicer cada diciembre colocaba en su casa para disfrute de políticos, artistas, faroles y público en general. La poesía desde luego: Marco Rodríguez Murillo (a) “Petrarca” leyó un par de poemas incluidos en el número 11 de la revista Camino Blanco. También la voz de Díaz Cervera resonó con la lectura de “Salutación a Halachó”.

Hora de abordaje. En el andén B de vuelos nacionales, Cáceres Carenzo pide al guardia un segundo de tolerancia para despedirse. A nuestro alrededor otras gentes se abrazan, lloran, se despiden con la tristeza y la alegría entremezcladas. Así son los aeropuertos. Así son las despedidas, ese dejo de nostalgia, estas nubes tan ceniza del domingo. Me dice, entonces, Raúl Cáceres que está muy agradecido por el recibimiento del Director del ICY, que pocas veces un funcionario se toma tantas molestias. “Agradécele también a Jorge Cortés por sus amables atenciones” , me dice mientras estrecha la mano en señal de despedida. “No es nada, Don Raúl, que es entre amigos”, le respondo. Morral al hombro emprende el camino hacia el avión. “Así es, Manuel, entre amigos” contesta. Se desvanece su voz, su imágen. Sólo hasta entonces, regreso a casa.

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