Y nosotros cuándo


Somos sombras mirando sombras, sombras temerosas, fugaces y confundidas. Sombras en el fondo de una caverna milenaria, ya sea de la cultura, de la razón o el sentimiento, pero siempre piedra sobre piedra, sedimento mental y un circunloquio de labios que no se cansa de nombrar la sombra que viene, esa otra que va, día tras día, más adentro, y que nos vuelve más sombra de nosotros mismos.

Eres y soy: somos una sombra que puntual advierte su opacidad ante el lenguaje, la mano con que acariciamos la prisa, el hartazgo, la idiosincrasia. Sombra la palabra y sombra también los adjetivos con que cada mañana arropamos el vacío. Al trabajo vamos con una sombra de camisa; el amor, sobre las sábanas, sólo entre sombras.

Hoy amanecí más sombra que ayer, lo sé por mis gerundios que se arrastran de un lado al otro de la casa. Pienso ahuyentar el espanto con un sueño, creo olvidar el miedo con un abrazo, pero es la sombra, sombra del segundo que vivimos, tic tac de la locura, tic tac de la corrosión.

Sobre el óxido de un paladar absorto mi lengua se retuerce. Pienso en las sombras que se han ido por la senda del reclamo o de la muerte y las invoco entre sueños. Pienso también en las sombras que sobre las páginas del periódico o la televisión se yerguen inútiles: sombras de la violencia, la corrupción y la desidia.

He visto más de una sombra colgada semidesnuda de los puentes en ciudades fronterizas. He visto la sombra de una yugular echa pedazos, trozos de un cuerpo-sombra cercenado por la ira y el desdén. He visto un convoy de militares alejarse mientras las sombras de sus hijos, y las madres de estos niños, retumban de latidos por el miedo. He visto a más de uno desfallecer por la ausencia.

Pero también aquí, desde el laberinto donde escribo (sombra de mí mismo), veo sombras de una realidad envenenada. Esta constancia del reproche y el conflicto, esta avaricia acaudalada por llenar el vacío con prestigio y poder. Frente a las parsimoniosas palabras de algún viejo burócrata he contenido lágrimas de rabia. Ante el discurso enclenque de más de un alto funcionario sólo un llanto de impotencia.

La sombra de Borges también es un latido: “Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte /es fatigar las largas soledades /que tejen y destejen este Hades/ y ansiar mi sangre y devorar mi muerte”…

Sombrío, avanzo por esta ciudad de apacible rostro. Nadie reprocha ya esta vida entre sombras. Será la costumbre, la tradición también será, pero más de uno camina resignado. Me resisto a hablar, a creer que sólo entre sombras es posible la vida.

En algún lugar –así lo he visto– 33 hombres fueron rescatados de las sombras.  Hay una esperanza que desde entonces, junto a la adrenalina, corre por mi sangre. ¿Cómo será la vida lejos de las sombras que nos han impuesto?

Es cierto, hoy amanecí más sombra que ayer, lo sé por mis gerundios. …“Ojala fuera este el último día de la espera”.

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