Poesía como condena


El poeta Raúl Cáceres Carenzo enciende un cigarro, aspira… se le recuerda “ya no se puede fumar en cualquier parte”, pero él no escucha, está hablando de su pasión: el teatro. Menos de 6 meses después, el dramaturgo yucateco regresa entusiasmado a Mérida, no sólo para impartir un taller sobre composición dramática, sino para reunirse de nueva cuenta con Jorge Pech, el de la palabra afilada; Javier España, el de la palabra reflexiva y con Jorge Cortés, el de la palabra crítica.

Camina Don Raúl por la calle 62 y habla de la falta de teatros en Toluca, de la difícil situación que México atraviesa con la violencia; comenta las razones por las que se fue al centro del país, pero sobre todo, diserta a lo largo de casi toda una semana, sobre la locura, sobre esa rara enfermedad que hace del artista, del poeta, de cualquier persona un arlequín, un títere de la ambición y la mezquindad.

El largo cansancio de Cáceres Carenzo se ve disminuido cuando a su boca acuden remembranzas de obras de teatro, autores, géneros, actores, y entonces, los ojos se le abren, mueve las manos, señala, sentencia: “la palabra en el teatro es acción… acción”. Y los talleristas hacen apuntes, aprueban, reflexionan, y vuelven de inmediato sobre los guiones que han trabajado junto al maestro en los últimos días.

Ahora sobre la calle 59. Raúl Cáceres Carenzo camina siempre con las manos ocupadas. Bajo el brazo, lleva apuntes, programas de mano de pasadas representaciones y uno que otro libro. En el extremo su cigarro arde. En la otra, su morral que sólo los demiurgos saben qué es lo que contiene; algunas voces afirman que ahí adentro guarda el escenario de sus historias.

Decía sobre la calle 59 y conversamos mientras el tráfico, y nuestros pasos que se dirigen al Teatro Mérida. Le converso sobre el hecho de que parte de la literatura de gran valor estético hecha por yucatecos en la actualidad se esté escribiendo fuera de la Península: me refiero a Raúl Renán, Agustín Monsreal, Felipe Koh Canul, al mismo Cáceres Carenzo. “Nadie es profeta en su tierra”, responde con su voz rasposa y antes que prosiga, alguien lo interrumpe para saludarlo, para darle un abrazo, para decirle “que gusto volverte a ver, Raúl”.

La felicidad del dramaturgo al reencontrarse con los poetas Javier España y Jorge Pech, indescriptible. Camaradería, complicidad, pero sobre todas las cosas, una efusiva amistad que los mantiene en pláticas y remembranzas. “Te acuerdas Jorge…” “Te acuerdas Javier, cuando…” Y la gente celebra con aplausos este histórico encuentro de tres voces plagadas de una armonía poética capital para nuestras letras.

Ahora, al pie de las escaleras de la biblioteca Manuel Cepeda Peraza, Raúl Cáceres apura otro cigarro mientras habla de su reciente puesta en escena, un drama romántico en un acto de la autoría de José Peón Contreras y que lleva por título “Gil González de Ávila”. Habla de la iluminación, del trabajo de los actores, de la primera función en el centro del país. No hay palabras para rememorar a Cáceres Carenzo hablando de teatro, de su teatro.

En cierto momento le pregunto por su poesía. Se queda en silencio y mirando el adoquín de la calle 55 de Santa Lucía. Me responde, con su voz rasposa: “en una entrevista me preguntaron sobre cuál era mi preferencia. El teatro es mi oficio, es mi pasión, de esto vivo… pero la poesía, la poesía es mi condena”.

Oscuro.

Octubre 2008

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