Así, sin más


Yo sé, lector, que hay batallas que no se pierden aunque la circunstancia (que no el presente, que no la verdad) diga todo lo contario, así como en el box. Algo nos mueve todavía, algo que crepita en lo más hondo, no voy a decir la hora malsana, el desasosiego detrás de los golpes. Hay algo más allá, y no hablo de fe. Más allá de las estatuas dispuestas con la mano apuntando al norte, siempre a la mierda que, como sea, caerá del cielo iluso porque ese es su destino. Para eso están las estatuas y las aves. Porque más allá, precisamente de estas pequeñas –pequeñísimas cosas– existe esa manera de mirar la vida como algo distinto. Contra eso, nada ni nadie. Y no son sólo palabras.

Y usted sabe, cuando a la oficina llega un ama de casa de cualquier región perdida, y nos enseña sus poemas con la tristeza en los ojos, con el hambre en los hombros, y tengo que decirle que lo primordial no es publicar sino expresar –carajo – lo que queremos comprender y que hay que decir (porque hay que decirlo). Y así no importa no tener vacaciones, no importa nada si somos parte de una realidad que no siempre se ve pero que nos mueve, in-va-ria-ble-men-te, a despertar cada mañana, a llenar los ojales de la camisa con botones tan melancólicos (nadie nos espera, lector), y encaminarnos a lo que en este momento, a lo que en este instante (porque la vida son instantes, lo demás recuerdos), nos toca hacer.

Y sabe bien que cuando escribo “lector” hay mucho nombres de por medio. Porque este afán no es algo personal ni mezquino si no más bien algo colectivo, algo de muchos, algo de tantos. Es algo que se exige desde la región más remota, más transparente de este pueblo del “Soy un fue, un será y un es cansado”. Y hay tanto por hacer, pese a todo.

No escribo palabras de renuncia, sino de reivindicación, algo que va más allá de mi voluntad, algo que en casa he aprendido como usted, y que de alguna manera compartimos. Mire, si yo pudiera describir en estas líneas esa manera cuando se remonta al pasado y recuerda sin saber al padre, a lo madre, al hermano muertos, ya todo estaría dicho. Y yo sólo tengo eso, este presente que cada segundo es un recuerdo, este instante que años después seguramente, como usted, estaré rememorando y que valoro con toda la voluntad que esta edad puede permitirme. Tengo testigos.

Hay tanto por hacer, tanto que no se si la entereza nos permita. Pero la voluntad, esa convicción al despertar nos convoca, nos obliga a seguir insistiendo como si fuera el último día, el último segundo, el instante: este instante.

Es una locura, yo sé, tampoco tengo miedo. Estar aquí con la frente en alto no tiene parangón. Y aunque la incongruencia haga mella en el escrúpulo más firme, aunque la sinrazón agreda… pero seguimos. ¡Qué abnegados!, dirán. Pero hay algo más, lo sabe, lo sabemos todos, y es lo de menos.

No perdamos el tiempo. En pocas sino en otras palabras, mi madre me contó una anécdota. Era una familia de payasos (este artículo debió llamarse “Los payasos”). Era realmente una familia: padre, madre, hijos, haciendo payasadas para divertir al público en una fiesta, era su trabajo, de eso comen. Pero cuando las piñatas, el payaso más pequeño, el hijo más tierno de esta familia de payasos, corrió hacia la piñata con ese mismo impulso que también hizo correr a los otros niños para divertirse. No sólo recogió los dulces sino que pidió quedarse con los restos de esa piñata tan vilipendiada…

Qué más se puede decir.

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