Tanto tiempo esperándote


Mayo. No había pasado ningún día sin que el descontento se dejara de escuchar.  El 24 de ese mes, en el Diario del hogar, podía leerse: Hoy renuncia. Tal noticia calentó los ánimos entre el gentío, que a las puertas de la Cámara de Diputados, había llegado para ondear toda clase de consignas y vituperios. No, hasta este día no se había recibido la ansiada misiva. El vocero de la Cámara, angustiado, se dirigió con el periódico en la mano hacia la multitud. Le cayeron encima gajos de naranja, cartones arrugados y hasta se escuchó una detonación. El anuncio fue entonces enérgico: hasta el momento ¡no- hay-ninguna- carta!… Bang.

Los sables de la caballería del Distrito Federal relucieron frente a la multitud alborotada que había tomado las calles, abonando  más adeptos a favor de la causa. Todos se dirigían  hacia la casa de quien presidiera el gobierno del país por tantos años. ¿Alguien podría recordar en ese momento al General Santa Anna? Era evidente la furia en cada una de las voces, se olía el hartazgo y el escepticismo ante las débiles e ineficaces palabras de los funcionarios que hicieron todo por calmar los ánimos.

La casa del aún Presidente estaba rodeada de policías y militares. De nuevo se escuchan las salvas, y el olor a pólvora inunda el ambiente mientras la tarde se pone tempranamente oscura. Nada ni nadie lograba detener este ardor popular. Entonces, la lluvia.

Desde el balcón, a lo alto de la residencia, el viejo Porfirio mira a la gente dispersarse con las primeras gotas. Tan eficaz fue el golpe de agua fría, que sólo una decena de gendarmes rodean el bunker del general de bigote espeso y hombros tristísimos como su voz cuando pide a Carmela la infusión de naranja, el único  alimento que podía ingerir por el afta crecido en sus encías, y que por si fuera poco, no lo dejaba tranquilo ni cuando en la soledad buscaba entender este repentino giro que lo había dejado en el más terrible desamparo.

En su semblante, más que evidente, habitaba la alta preocupación. Los pómulos resaltaban tanto que lo hacían ver más flaco, y por momentos, algunos de sus colaboradores habrían jurado que la mano derecha no le dejaba de temblar. Ciertamente había un incómodo silencio que nadie quería infringir. Antes de que cayera la noche, el viejo Porfirio se encerró en su habitación.

El cerrojo no se volvería a escuchar sino hasta una tarde después, cuando intempestivamente, el General abrió las puertas y dijo con amargura: ya vámonos. Porfirio Díaz, en ese instante, no sólo dejaba el encierro depresivo de las últimas 24 horas, sino también la silla presidencial que había convertido con su terca permanencia en trono. Pero lo que más devastaba al anciano militar,  no era abandonar esta vida que más que rutina se había vuelto costumbre. Él, que con tesón había defendido a la patria en tiempos de penuria, ahora tenía que exiliarse del país.

Momentos antes, había redactado de su propio puño una carta de renuncia. Incluso, se dio el tiempo de anotar en su diario “… el mundo se terminó en mayo”. Mientras el viejo Porfirio se dirigía en accidentado viaje al puerto de Veracruz, su secretario de Relaciones Exteriores tomaba el poder en un turbio interinato. En el congreso, por otra parte, recibieron la carta con sorpresa. “Tanto tiempo esperándote”, dijo uno de los diputados sosteniendo la anhelada carta entre las manos. Ya mero las lágrimas, ya mero la histeria, pero sólo risa y gozo a borbotones.

Cinco días después, el Ypiranga dejaba escapar una gran nube de vapor mientras se alejaba del muelle. Porfirio pensaba en México mientras perdía la mirada en las saladas olas del Golfo. Era Junio.

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