Callado en el anverso de la página


Es mayo y pienso en la canícula mientras la lluvia dispersa sentimientos encontrados y desde luego el calor. A esta hora debería estar en alguna otra parte, quizá en un café, mirando la tarde. Pero esto no sucede. Hace semanas que no escribo, hace siglos que la madrugada me persigue y me sorprende enfilando mis pestañas sobre la mesa.

Un intento: “Entonces desperté con una tristeza incontrolable que me hacía temblar de los pies hasta los labios, ahí donde el cigarro -vulnerable- lucha diariamente por no caer al vacío… Pero yo soy el vacío, pensé. Y lo escribí también”. Nada de esto logra conectarme y me disperso.

En verdad hace mucho que no despierto con una tristeza elemental. Esta mañana incluso vino a mí el recuerdo de Oliveria riendo a carcajadas mientras escondidos bajo una palapa frente al mar dejamos que las horas del domingo sucedieran como los versos de un poema de Borges que a veces recuerdo porque ella misma los evoca en voz alta:

El bastón, las monedas, el llavero,la dócil cerradura, las tardías / notas que no leerán los pocos días / que me quedan, los naipes y el tablero, / un libro y en sus páginas la ajada / violeta, monumento de una tarde / sin duda inolvidable y ya olvidada, / el rojo espejo occidental en que arde // una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas, / láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, /  nos sirven como tácitos esclavos, // ciegas y extrañamente sigilosas! / Durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca que nos hemos ido”.

Y ciertamente sonrío mientras lleno los ojales de mi camisa para ir al trabajo y nada me importa ya, incluyendo las henchidas susceptibilidades de quienes alguna vez tuvieron los pies sobre la tierra y ahora se elevan incontrolables hacia el cosmos. ¿Es ésta la región más transparente del aire?

El segundero del reloj es una gotera que algunas veces llama mi atención haciendo que vuelva la mirada hacia mis espaldas. Eso que va quedando atrás no necesariamente se convierte en pasado. Hay olvidos inevitables, olvidos que incluso, uno olvida. ¿Y a dónde, entonces, los recuerdos?

¿Qué sucede cuando nos convertimos en objetos, en cosas como un llavero, el bastón o una moneda? ¿En qué medida nos convertimos en tácitos esclavos y de qué manera persistimos sin saber que al mismo tiempo somos el olvido de alguien que ya se ha ido? Hay respuestas que tardan en venir. Aún espero.

Oliveria mezcla el aceite de olivo con el vinagre balsámico, parte el pan, se lo lleva a los labios y me convida. La miro en silencio como si todo se tratara de compartir la cena y luego escuchar nuestra respiración. Cuando esto sucede a veces siento que estoy frente a la página de un buen libro, y que fuera de cada renglón nada existe.

Entonces afuera el desasosiego, la mezquindad, la violencia, el secuestro, las impugnaciones, el maltrato, la desidia, el orgullo, la amenaza, la metralla, la frustración, el miedo, la avaricia… pero adentro, donde sólo lo íntimo, la levedad.

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