Tropiezos elementales


El mundo se pone de cabeza muchas veces. El que es golpeado se vuelve victimario, el que amenaza injustamente es erigido héroe, el que es intervencionista la mayoría de las veces, sino todas, se torna un ejemplo a seguir. Decía en anterior entrega que la invasión de los Estados Unidos a Irak, en su modo y en sus formas, deja una herencia maldita. Y nosotros, siendo testigos de la impunidad, no hacemos otra cosa que prolongar el silencio. Es nuestra anuencia a la sinrazón.

Es preocupante saber que esos modelos de impunidad no sólo persisten sino que son asimilados por la sociedad que los repite una y otra vez. Ese es el mayor atentado de una visión imperialista como fue el caso de los Estados Unidos durante la administración del último Bush: heredar por sobre todas las cosas la ruptura y el desdén.

Somos colonizados incluso en nuestra privacidad, en nuestras relaciones interpersonales, ya sea en el trabajo, con la pareja o los amigos. Somos asaltados constantemente por nosotros mismos, y el peor de los fuegos, es el fuego que viene de quien está más cerca, compartiendo no sólo el dolor o la alegría, sino también los objetivos.

El fracaso de la política en las sociedades tiene su germen precisamente en no saber gobernar nuestras relaciones más próximas. La falta de prudencia al acercarnos a los otros ya implica un vacío que se redimensiona en otras latitudes. Preferimos la distancia y la sinrazón anteponiendo siempre barreras que no permiten el desarrollo como sociedad y desde luego, el desarrollo de lo humano.

Una sociedad que no observe más allá de las apariencias, y sea apolítica en la medida que rehúya a la prudencia en su proximidad con el otro ¿qué más puede esperar? No hay bases firmes ni lazos que la consoliden como una red capaz de sostener cualquier reto o adversidad. Sí en cambio se tienden falsos puentes, conexiones que en el fondo sólo tienen por sustrato el interés y sacar lo mejor del otro sin dar nada a cambio. De ahí, entonces, que la violencia, el odio, el desencanto, la marrullería, encuentre leña para arder.

De ahí que en vez de hacer política desde el origen, persona a persona, se dé paso a la grilla ociosa, destructora de vínculos, de unidad -por lo tanto de fuerza creativa- y desde luego, de la solidaridad. Cuando la grilla se traslada a los terrenos de lo íntimo (ahí dónde lo político debe rendir buena cosecha), la proximidad con el otro se disuelve y con ella cualquier reducto de entereza.

El mundo se pone de cabeza muchas veces. El que señala la injusticia, es llevado a la horca, el que nombra lo políticamente incorrecto se convierte en ese mismo instante en el más terrible de los apestados. No obstante, pareciera que estos tropiezos elementales son los que fomentan la reflexión y la escritura. “Y porque después de todo, compañeros, quién sabe / si sólo los muertos no son hombres de transición (R. Fernández Retamar)”.

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