Las damas primero


Sobra fortuna porque la mujer está con nosotros. Y tanto sus ojos como sus labios (su cintura debo decir, la sutil manera con que atraviesan el aire, también) son parte ya de nuestros escenarios. Qué rápidas van las horas cuando presentes están y sus cabellos vuelan por doquier imitando al bíblico diluvio. Nada haré por salvarme si sus labios son una tempestad que amenazan con ahogarme.

Decir mujer es enturbiar los mares, es invocar a la tormenta, al huracán de los elogios. Porque son origen y continuidad, porque alguna vez hogar, mi patria lleva los senos más hermosos, el abrazo más cautivo y una sonrisa que apacigua cualquier abrojo. Después de todo, una mujer es un hermoso verbo en infinitivo, una acción crepuscular, es comienzo pero también un fin.

Más de la mitad del mundo está poblado por mujeres, el 51% para ser exactos, apenas un uno por ciento celestial. Sería un infierno si las cifras se vieran alteradas, pues eso del machismo es cosa grave. El machista no distingue género, aunque indiscutiblemente, ellas se han llevado la peor parte. Y a pesar de que el machismo está en franca decadencia todavía pueden verse vestigios, someros indicios de esta socarrona actitud que habla más de profundas inseguridades que del fatuo poder que se intenta demostrar.

El poder de la mujer es un poder innato, propio y sin fines de lucro. Ellas mueven el mundo muy a pesar de los simiescos caballeros quienes ahora no tienen de otra que enredar la cola entre las patas pues son ellas, las mujeres, las que mantienen con tesón el timón del hogar. No digamos “las que llevan los pantalones de la casa” que resulta un símbolo tan machista como perverso.

Es cierto que la belleza habita en unos ojos cautivos, en cualquier resplandeciente cabellera o en la tersa superficie de una cadera donde bien se podría vivir más de una eternidad. Pero sólo es algo. La hermosura de una mujer no se vería culminada de no ser por esa constante actividad en que se ve envuelta de manera cotidiana, ahora incluso ocupando espacios antes impensables.

Mujeres policías, mujeres en la política, mujeres conduciendo un autobús, mujeres encabezando escuelas, instituciones, empresas; mujeres novelistas (cada vez más y con mejor propuesta literaria que los autores hombres); mujeres en la radio y en la tele, mujeres narcotraficantes, mujeres astronautas, mujeres deportistas (en más deportes cada vez); y estoy casi seguro, que dios de existir tendría que ser mujer.

Todos y todas, hasta las mismas mujeres, aman alguna vez en su vida, a una mujer. No es para menos. Es una ley natural eso de amarlas. A pesar del complicado laberinto que hay tras ellas, es un placer perderse y nunca volver a encontrar salida. Vale la pena morirse una y mil veces de amor por ellas, vale la pena poner de cabeza al mundo si de dibujarles una sonrisa se trata. Después de todo, parafraseando a Borges, estar con ellas o no estar con ellas, es la medida de nuestro tiempo. Una mujer –que alguien se atreva a negarlo–  nos duele en todo el cuerpo.

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