Me llamo barro


Funesta como sola la soledad alada, terrible y sola, terriblemente armada hasta los dientes que sin frío tiritan por el miedo, tiritan como flacas cicatrices, tiritan porque es mayo y es incendio. En esta hora aquí, pegado a la testuz de la palabra, al silencio que es llama y es silencio, he olvidado, he olvidado lo hombres que antes fui y estoy descalzo de mesura, desnudo de voluntad entre estas piedras que Zeus no podría desatar porque no es de dioses enfrentar la ausencia.

La ausencia que es despertar con los párpados volados, con los hombros puestos de rodillas y la ceniza de la boca, ese no estar que es perder los ojos en el viento y más que los ojos allí van también unos labios que golpean los perfiles de la nada, así despierto, vigilia y testarudez de quien aprehende sobre la marcha, sobre el desatino que suele ser el tiempo y la última hora que ya sangra.

Y mientras tanto todavía sucede que los muertos y el petróleo, que el hambre crece impune ante la retórica malsana, que Oaxaca hierve, que Chiapas y Guerrero; nada es diferente en estas páginas marcadas por el asombro de los días, de nuestros días que no tienen dónde esconder la zozobra y el espanto. Todavía sucede, todavía una mujer que diariamente es humillada, un inmigrante que se echa al río de la suerte, un joven soldado que deja por herencia un par de lágrimas.

Hay tantas cosas que no se ven, que no sabemos pero que allí siguen girando como segunderos de esta suerte que nos tocó vivir, tic tac de la frustración y el desencanto, tic tac de la ignominia y el desdén.
¿Cómo distraemos la mirada, los oídos y el corazón hacia otra parte que no sea esta tierra de la que estamos hechos?

Tan imposible es como soportar la ausencia que nos devuelve a lo sonoro, porque la ausencia son también los pasos que retumban en los callejones de la memoria hasta doler la almohada donde alguna vez tu rostro, hasta dolerme el pecho donde alguna vez tu alma. Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado, y pese a todo, nada nos derriba y aquí seguimos soportando, hechos de polvo y de raíces como si nuestra piel fuera de barro. Aún cuando la temperatura siga su incontrolable ascenso, aún cuando el sol tienda su espiga o su indolente rayo.

Por eso que me llamen barro aunque Manuel me llame…

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Allá va la muerte… está esperando.

Manuel J. Tejada Loría

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2 comentarios en “Me llamo barro

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