Instrucciones para tocar la noche


No tengo alas para darte, no tengo la necesaria levedad. Pero si de tocar la noche se trata, pequeño Alex, abre los ojos, abre el corazón y observa cómo la luna se divierte, como la estrella más amarga todavía esboza una sonrisa honesta. Ahora es septiembre y la malignidad de la llovizna se empata con el viento. Ya quisiera darte alas para que a tus pequeñas manos llegue la noche como un grillo y mil luciérnagas. La noche que es latido, que es patria y que es hoguera. La noche que es noche solamente.

Mire la oscuridad
Porque la luz ha sido pervertida y provecho de ella hasta el impostor más caro, mire la oscuridad de frente. Encuentre en ella la iluminación necesaria, el miedo, el temblor. Porque nuestra naturaleza es imperfecta como imperfectos son los hombres, atérrese del oscuro rostro que es el suyo propio, réplica del caos, reflejo y continuidad. Mire la noche como si fuera un niño y descubriera por vez primera que el misterio más grande no está en lo que se esconde sino ahí arriba, donde los pájaros, las luciérnagas y un conejo habitan incandescentes.

Regale un silencio
Recuerdas, pequeño Alex, cuando en brazos de tu padre, tu mamá te dijo que tocaras mis ojos, mi nariz y mis labios. Cuánto reímos cuando mi alma no encontraste y tu diminuto dedo índice quedó al aire esperando un por qué. Ese día también la noche nos cobijó. Y luego, nos mostraste tus juguetes, un pingüino enamorado del color índigo, decenas de carros tan pequeños como tu voz, como tus primeras palabras que dicen noche, pájaro, volar y que algunas veces no dicen nada, porque tu forma de decir aún sigue siendo el silencio, un silencio tan ancestral y mítico, como si en lo que callas la noche surgiera, la vida y otros tantos versos que aún no escribes pero que ahí están, junto a tu nombre.

Respire profundo
Huele a grillo. Es la noche con paperas y búhos rotundos de procacidad. Huele a cinismo y a elegancia entremezcladas, a impunes dramatismos de papel y a nieve seca. Es que la noche también máscaras tejió y espejos, risas de odio y melancólicas agonías en los pisos altos del desdén. Que no te horrorice, pequeño Alex, la simulación. Más allá de este juego de sombras todavía la noche cobija sueños y un mundo tan vasto como el arenal donde cada tarde corres, y brincas, y esperas paciente un pedazo de luna, de noche, de eternidad.

Déjese caer
Mire la oscuridad, guarde silencio, respire profundo y déjese caer en la inmensidad de lo que llaman noche. Porque bajo este techo de luces y sombras todo sucede. Sucede que el pequeño Alex le ha dicho a su padre que quiere tocar la noche, que quiere como los pájaros volar para llegar a ella. Y nada, entonces, tiene más importancia que hacer un único conjuro para que la noche vuelva y a las pequeñas manos del niño arribe como un grillo y mil luciérnagas. Por eso escribo: “No tengo alas para darte, no tengo la necesaria levedad. Pero si de tocar la noche se trata, abre los ojos, abre el corazón y observa cómo la luna se divierte, como la estrella más amarga todavía esboza una sonrisa honesta”.

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Manuel J. Tejada Loría

2009

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